Cartas sobre humanismo y política

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10ª Carta: Sobre la persona y la igualdad.

Querido amigo:

La dignidad, la libertad y la igualdad son los tres fundamentos en los que descansa la preocupación por la persona, esencia del humanismo, como te vengo reiterando en estas cartas. Si en las dos anteriores te he hablado de la dignidad y de la libertad, ahora toca hablar de la igualdad.

Y lo primero que quiero es prevenirte sobre el peligro de este principio cuando se le utiliza demagógicamente o cuando se desborda y desnaturaliza, como ocurre, por ejemplo, con las modernas “ideologías de género”, de las que te hablaré en carta posterior.

Te recuerdo que ya Tocqueville en el siglo XIX proclamaba que la igualdad era el tema de nuestro tiempo, afirmación que sigue siendo válida en el siglo XXI, y es, además, lo que le distingue de otras épocas históricas.

Para el humanismo, existe una igualdad básica (la igualdad ante Dios y ante la ley), lo que no significa que todos seamos iguales, ni que el objetivo sea que todos seamos iguales. Eso no sería igualdad sino igualación. Entre los hombres existen diferencias por razón de raza, sexo, lengua, religión, nacionalidad, educación, herencia genética, posición económica, clase social, etc. El reconocimiento de la existencia de estas desigualdades es la clave para la comprensión del problema.

Y la cuestión esencial radica en que el objetivo de la igualdad se logra mediante la lucha contra las desigualdades injustas o las discriminaciones arbitrarias. No se trata, por tanto de intentar abolir las desigualdades (por ejemplo, las desigualdades de sexo como pretende la ideología de género), lo cual sería contrario a la naturaleza, sino de luchar contra la injusticia basada en la desigualdad, o contra la arbitrariedad basada en la discriminación.

La igualdad debe conciliarse con la libertad creándose un clima favorable a la igualdad de oportunidades, especialmente en el ámbito de la educación, y preservando las ideas de esfuerzo, riesgo, responsabilidad y derecho a vivir la propia aventura personal.

No podemos desconocer, querido amigo, el panorama desolador de desigualdades injustas que ofrece nuestro mundo y la vida cotidiana, desde las desigualdades personales hasta las económicas, o entre personas, familias y clases sociales, y entre países y zonas del mundo.

La lucha contra las desigualdades es una tarea permanente para los políticos y para los Gobiernos y puede constituir el sustrato y base común de la mayor parte de las políticas sectoriales. Ello constituye el más noble empeño de la política. También corresponde a los organismos internacionales, a la sociedad civil, a la Iglesia y a cada persona con capacidad de influencia.

Pero quiero también prevenirte para que no caigas en el abismo del colectivismo o de la sociedad sin clases, que ya denunció Raymond Arón: los sistemas totalitarios ofrecen igualación o igualitarismo, pero no igualdad real y verdadera.

Para el humanismo, luchar contra las desigualdades injustas, crear un clima de igualdad de oportunidades, combatir las discriminaciones arbitrarias y suprimir las raíces generadoras de tales situaciones es empeño prioritario.

Recibe un cordial saludo.

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro