Cartas sobre humanismo y política

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14ª Carta: Humanismo y comunidad

Querido amigo:

Hasta ahora, mis cartas se han centrado en la persona, principalmente, como núcleo esencial del humanismo. Pero también tengo que hablarte del otro polo: la comunidad, porque el hombre no vive solo.

Ya Aristóteles y Santo Tomás reconocieron la naturaleza social del hombre, que necesita de los demás para salir de su egoísmo instintivo (J. Maritain), y que encuentra su plenitud en la entrega a los demás (“Gaudium et spes”). Esta relación de entrega se concreta en el compromiso, concepto esencial del humanismo, como propósito superior de participar en las causas de los demás, o del propio país o de la familia humana. Comprometerse es algo más que cumplir con el deber.

La comunidad es un término muy amplio que abarca a todas las personas que habitan en una sociedad y en una nación o Estado. La comunidad referida a la sociedad es la “sociedad civil”; la comunidad referida a los poderes públicos de la nación o del Estado es la comunidad política.

El concepto que define una comunidad es el de la convivencia y el ideal humanista a alcanzar dentro de ella es el de la solidaridad. Por tanto, en una comunidad el principio de convivencia y el de solidaridad son los que inspiran la búsqueda de instituciones eficaces y mecanismos adecuados para que puedan llevarse a cabo los intercambios de bienes y servicios que exige la supervivencia, y al mismo tiempo se disponga de una redistribución de la riqueza como instrumento básico de lucha contra las desigualdades injustas.

La convivencia en la comunidad debe organizarse en base a la justicia, la legitimidad y la verdad moral. Es cierto que sobre las nociones de justicia, verdad y moral existen profundas discrepancias ideológicas. Por ejemplo, en nuestros días la “verdad” pretende ser sustituidas por la “validez”. No importa que las cosas, las ideas o las imágenes sean verdaderas, lo que importa es que sean útiles.

Desde la perspectiva del humanismo cristiano la verdad sobre el hombre, el mundo y su destino y sobre la moral, están vinculadas a la idea de lo justo, de la que la justicia social (solidaridad) es una manifestación. No se te oculta, querido amigo, que otras perspectivas ideológicas engendraron sistemas injustos de convivencia.

Tampoco la igualdad es ajena a la convivencia, pues las desigualdades injustas constituyen sus mayores enemigos. Además la convivencia supone una serie de prioridades: la ética sobre la técnica, la persona sobre las cosas, y el espíritu sobre la materia.

Como te dije más arriba, la comunidad organizada como sociedad es denominada “sociedad civil”, mientras la comunidad organizada como sociedad política son los poderes públicos. A la comunidad política le dedicaré una carta posterior.

La sociedad civil es el conjunto de grupos humanos, de instituciones y servicios, de valores e ilusiones, de certezas y recuerdos que fundan un proyecto colectivo en una región, una nación o un continente.

Las relaciones entre la sociedad civil y la política se enfrentan a un problema de límites. La sociedad política debe respetar  lo que por naturaleza corresponde a la sociedad civil. Si lo invade estaremos en el totalitarismo. Por su parte, la sociedad civil puede suplir o complementar las funciones de la comunidad política, como por ejemplo, las ONGs en el ámbito asistencial o de cooperación al desarrollo, o las fundaciones en el ámbito de la beneficencia, la cultura o la educación.

La calidad democrática de un país, querido amigo, y su nivel de desarrollo en libertad, pueden medirse por la calidad y nivel de su sociedad civil, por el conjunto de las organizaciones, asociaciones o fundaciones que la vertebran y por la presencia e influencia que tengan en la vida pública. Todos los esfuerzos que se hagan en esta dirección son impagables.

Ahora bien, cabe preguntarse si en España tenemos la sociedad civil que reclaman los desafíos humanos y sociales de nuestro tiempo, o desgraciadamente, está muy lejos de alcanzar un nivel deseable. Tú debes responder la cuestión.

Recibe un cordial saludo.

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro