Cartas sobre humanismo y política

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18ª Carta: Humanismo y raíces cristianas de Europa.

Querido amigo:

Una de las comunidades internacionales a las que España pertenece y en la que se encuentra plenamente integrada es la Comunidad Europea, ahora denominada Unión Europea.

La idea de una Europa unida ha sido especialmente querida y valorada en la historia del pensamiento humanista, y a ella aludieron en sus libros o escritos muchos humanistas con mayor o menor concreción.

Pero es en 1958 cuando se dan los primeros pasos que han conducido a lo largo de estos años a la realidad europea que vivimos, con sus importantes logros y sus carencias, con sus crisis y sus desarrollos, con sus avances y con sus estancamientos.

Fue en los primeros años del siglo XXI cuando surgió la idea de elaborar una Constitución para Europa al igual que la tienen los Estados miembros y que sustituyera a todos los Tratados que desde aquel año de 1958 se había ido aprobando. Y en este proyecto fallido se pretendió introducir en su preámbulo una mención a “las raíces cristianas de Europa”. Esta pretensión desató una gran polémica que determino la no inclusión de la mención.

Esta polémica, con independencia de su resultado, tiene el valor de mostrar hasta qué punto el laicismo militante tiene capacidad de negar las evidencias históricas, y merece, por ello, que le dediquemos atención en esta carta.

Que Europa tiene raíces cristianas, y no musulmanas o judías, y que el cristianismo contribuyó a la formación de Europa como el continente más desarrollado política, social y económicamente, es algo indiscutible. Los valores de respeto a la persona y a sus derechos fundamentales, y la concepción de la libertad del ciudadano como base del sistema político, forman parte del acervo que el cristianismo aportó desde los primeros siglos de la era cristiana. La “romanidad” fue sustituida por la “Universitas Christiana”, como “comunidad”, o se hablaba de la “República Christiana”, como forma de Gobierno.

Si por raíces de Europa entendemos todo aquello que se hunde en los diez o doce primeros siglos de nuestra era (el tronco llegaría hasta el siglo XX, y las ramas serían las conquistas actuales), es incontestable que lo que ha quedado como pensamiento que ha configurado Europa, y además de plena actualidad, es el pensamiento cristiano.

Así San Benito enseñó que “la libertad nace del cumplimiento del deber en la verdad”; que “el trabajo es siempre honorable si se encamina al bien común”; y que era posible un esquema de vida basado en el ritmo de los tres tiempos:“ora, labora et studia”. Ideas no solo aplicables a los monjes benedictinos sino a cualquier persona de nuestro tiempo. San Gregorio habló por primera vez de la plena dignidad que reviste la naturaleza humana. Más cercano a nosotros, San Isidoro de Sevilla, autor de unas “Etimologías” (especie de primera enciclopedia del saber de entonces), valoraba los conocimientos no en su aspecto meramente funcional o utilitario, su utilidad material, sino como medio de crecimiento del hombre, de ser más personalmente. A la antigua politeia griega sucedió una “ciudadanía de Dios” formulada por San Agustín. En Europa surgió por obra del cristianismo, la idea de indivudualidad, esto es, de persona.

La aportación cristiana en las raíces europeas de la historia del pensamiento es abrumadora. Bastaría asomarse, simplemente, a la obra escrita Clemente Romano, Irineo de Lyón, San Basílio, Hilario de Poitiers, Eusebio de Vercelli, San Ambrosio, Máximo de Turín, Paulino de Nola, San Agustín, León Magno, Boecio y Casiodoro, Benito de Nursia, Dionísio Aeropagita, Gregorio Magno, San Columbano o el ya citado San Isidoro, por solo mencionar a algunos.

¿Quieres algunos ejemplos concretos de lo que Europa debe al cristianismo, entre otros muchos? La opción por la libertad frente al determinismo; la distinción entre el respeto debido al matrimonio y el debido al celibato; la diferencia entre un prestamo legal y otro usurario; el reconomiento de la propiedad como derecho individual sujeto a limitaciones; los que creen en la normalidad del matrimonio y en la anormalidad de la poligamia o las uniones de hecho o entre homosexuales; la condena del ataque frente a la justificación de la legitima defensa; la distinción entre adorar estatuas y venerar lo que representan. El escritor inglés Chesterton los  recordaba hace ochenta años.

Y un último testimonio, querido amigo. En la reciente Constitución de Polonia de 1997, no se ha tenido reparo en reconocer en su preámbulo que: “… Nosotros, la Nación polaca, todos los ciudadanos de la República, los que creen en Dios como fuente de verdad, justicia, y belleza, y los que no comparten esa fe, pero respetan esos valores universales, que surgen de otras fuentes; iguales en derechos y obligaciones en relación con el bién común de Polonia, reconociendo a nuestros antepasados su trabajo y esfuerzo para conseguir la independencia con gran sacrificio, y para nuestra cultura enraizada en la herencia cristiana de nuestra Nación y en los valores humanos universales…”

Recibe un cordial abrazo.

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro