Cartas sobre humanismo y política

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23ª Carta: Humanismo y actitudes humanas

Querido amigo:

Te hablo de actitudes humanas como distintas de las actitudes políticas, aunque como verás al final de esta carta, sería deseable que aquellas se proyectaran sobre estas. Las actitudes políticas son susceptibles de multitud de criterios de clasificación, como por ejemplo, los que diferencian las actitudes reaccionarias, las conservadoras, las progresistas, etc.

Pero a las que yo me refiero ahora son a las actitudes vitales del ser humano, es decir, las que contemplan la condición humana desde el punto de vista personal.

La primera actitud humana a la que me refiero es la del sentido de la reflexión, del análisis de los problemas y acontecimientos, y de la meditación. No puede negarse que el hombre actual se ve acosado, prácticamente, las veinticuatro horas del día por todo tipo de noticias, datos, informaciones, opiniones, tertulias, reportajes, valoraciones, e-mails, mensajes; y, además, a través de todo tipo de medios: radios, TV, medios escritos, semanales, móviles. Sin prestar especial atención, es posible que una misma información o noticia sea recibida en siete u ocho ocasiones a lo largo del día, y repetidas al siguiente.

Frente a lo anterior se impone, vitalmente, la búsqueda de la autonomía personal, de la formación de un criterio propio, de tener una opinión diferente. Y ello solo puede hacerse mediante la reflexión, el análisis y la meditación.

En segundo lugar, el humanismo preconiza una actitud ilusionada ante la vida, a medio camino entre el realismo y la utopía. Pero estate atento. Para la actitud conservadora el realismo sirve de pretexto al inmovilismo; mientras que para la actitud progresista, el realismo es el pretexto y argumento para descalificar a quien se oponga a su propia posición.

Además, la utopía (al margen del marxismo, que hace de ella un mito totalitario) ha de ser defendida como la esperanza en un mundo mejor. En definitiva, la ilusión hace más humanos nuestros objetivos y propósitos, permite el descubrimiento progresivo del quehacer de la humanidad y acompaña siempre a quien se “compromete” con la comunidad.

Una tercera actitud, está en relación con el trabajo, y es el sentido del esfuerzo. La pérdida de este sentido lleva a consecuencias a cual más rechazable: la falta de responsabilidad, la injusticia de retribuciones iguales para quien sí la mantiene, el desinterés por cualquier tipo de ideal, la falta de calidad y productividad, etc. No es infrecuente el caso de quien se esfuerza con gran sacrificio por alcanzar una meta, y una vez lograda, abandona toda su energía para dejarse “flotar”. Para el humanismo, el esfuerzo es consustancial con la vida y con el trabajo, y es el signo distintivo de un “compromiso” personal.

Finalmente, en esta primera aproximación a las actitudes humanas, te prevengo, querido amigo, contra la tentación de la flojedad. El humanismo no consiste en amontonar esquemas de derechos, facultades o reivindicaciones. Y tampoco en insuflar en el hombre sentimientos de abandono, de “pasar”. Ni es una doctrina idílica que ignora los problemas, las tensiones y los conflictos.

Por el contrario, el humanismo consiste en afirmar que la reciedumbre es condición necesaria en el ser humano, es decir, la entereza para exigir el ejercicio de los derechos, para enfrentarse al dolor, para ayudar a los demás, para servir a la comunidad, porque la justicia, el desarrollo de los pueblos y la paz social siempre demandan sacrificios, tomar decisiones difíciles y energía personal.

¡Ojalá, querido amigo, pudiéramos encontrar en todos nuestros políticos reflexión, análisis y meditación;  una actitud ilusionada entre el realismo y la utopía; el sentido del esfuerzo; y la reciedumbre!

Recibe un cordial abrazo de

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro