Cartas sobre humanismo y política

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36ª Carta: Humanismo y comportamiento político.

Querido amigo[i]:

En las dos cartas anteriores te he hablado de la condición del gobernante y de su integridad como exigencia del humanismo. En esta lo hago de las formas del comportamiento político que no son algo inane (vacio) o indiferente, porque la elegancia y el talante distinguen a los verdaderos líderes y a las elites[ii].

No confundas elegancia con pedantería, porque cuando se hace está justificado el recelo de quienes creen no haber recibido una educación esmerada. La pedantería, los comportamientos excéntricos, anárquicos o ridículos no interesan al humanismo. La verdadera elegancia es el comportamiento que se deriva de recoger la experiencia de belleza  y de arte consecuencia de una buena educación.

Al otro extremo de la elegancia está la grosería y la ordinariez. Grosero es quien trata a las personas y a las cosas sin delicadeza, el que maltrata el lenguaje, el que compone su vida solo de cosas elementales o ignora y desprecia la fineza del espíritu. Ordinario es hacer lo habitual con dejadez, con descuido, de cualquier manera, sin poner interés. Grosería y ordinariez dicen razón de “vulgar”, que etimológicamente significa “vulgo”, pueblo bajo y sin educación.

Frente a la grosería, la ordinariez y la vulgaridad aparecen la distinción, lo selectivo, lo escogido, lo cultivado o educado, en suma, la fineza de espíritu (Pascal). Se trata de las cualidades que tienen las personas de hacer las cosas con buen gusto, con atención a los detalles, con cuidado en las formas, con sensibilidad, en la relación y en la atención a los demás.

La elegancia y todo lo que comporta, según te acabo de exponer, exige esfuerzo porque no es congénito ni es estable. Depende de una voluntad constante de elegir lo bueno, al igual que ocurre en la moral o en la política. Y ello porque lo que es bueno por naturaleza tiende a degradarse si no se está alerta. Gracián decía “en nada vulgar” para explicar que la dignidad en la vida humana requiere tensión hacia los comportamientos ideales, que son al mismo tiempo estéticos y morales.

Pero al hombre público y al político no solo les es exigible, desde la perspectiva humanista, un comportamiento elegante sino, además, una forma de conducirse ante los demás, que se llama talante, y que tiene tres manifestaciones: la serenidad, la naturalidad y el control de los sentimientos.

La serenidad implica resistir las presiones, las prisas o las agresiones. Implica conservar la calma, pensar las cosas antes de hacerlas, controlar los tiempos, incluido el largo plazo, hacer que no se altere ese espacio interior al que llega todo lo que procede del exterior.

La naturalidad es vivir con normalidad el papel que se desempeña, sin hacer teatro, sin sobreactuar, sin dependencia obsesiva de las fotos, transparentando lo que de verdad se es, o lo que nos gusta, o lo que nos complace. Es no aparentar lo que no somos o no avergonzarnos de lo que sí somos. Es huir de una naturalidad tan trivial como artificial. No decir a cada uno lo que le gustaría escuchar.

El control del sentimiento se une a la elegancia para dominar los impulsos, el hambre, el sueño, el cansancio, la impaciencia, las emociones, el dolor, la alegría y los enfados.

Examina, querido amigo, la elegancia y el talante de nuestros políticos y haz tu valoración en función de ellos, no de la imagen distorsionada que recibes a través de los medios.

En la próxima carta te hablaré de otras virtudes del gobernante.

Recibe un cordial abrazo de



[i] En el Manual de la “Nueva gramática de la lengua española” publicado por la Real Academia Española, (pág. 25, Madrid, 2010), se dice que en el lenguaje político, administrativo y periodístico se percibe una tendencia a construir series coordinadas constituidas por sustantivos de personas que manifiestan los dos géneros (amigos/amigas, diputados/diputadas, alumnos/alumnas), el circunloquio es innecesario  puesto que el empleo del género no marcado (masculino) es suficientemente explícito para abarcar a los individuos de uno y otro sexo.

[ii] Véase sobre estos temas  Juan Luis Lorda: “Humanismo. Los bienes invisibles”. Ed. Rialp, págs. 99 a112

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro