Cartas sobre humanismo y política

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47ª Carta: Humanismo y confrontación ideológica (2). La caída del muro.

Querido amigo:

La “guerra fría” o confrontación ideológica del siglo XX, de la que te he hablado en mi carta anterior, finalizó en los años 1989-1990. Y hubo, en términos de guerra, un vencedor y un derrotado.

Transcurridos más de 20 años desde aquellas fechas han surgido multitud de explicaciones de las causas de la derrota del comunismo y de la desintegración de la URSS, que se hizo icono con la “caída del muro de Berlín”.

Para unos, la causa de todo estuvo en la mecánica de funcionamiento interno de las dictaduras. Una dictadura no puede tener fisuras o abrir espitas. Y la “perestroika” de Gorbachov supuso una relajación y un intento de apertura del status establecido, de manera que, las mínimas posibilidades de libertad engendradas, los cambios en la política de comunicación y la renuncia a la represión con los tanques, condujeron a la ruptura del sistema.

Para otros, la causa fue el resultado de la superioridad tecnológica-militar y económica de USA frente a la URSS, y que se manifestó en la llamada “guerra de las galaxias” (sistema que permitía instalar misiles con cabezas nucleares en satélites lanzados al espacio, desde donde responder a cualquier lanzamiento de misiles agresores desde el campo enemigo). Ni la situación económica de la URSS, ni su nivel de tecnología militar, permitieron crear un sistema similar al americano propuesto por el Presidente Reagan, por lo que dio por perdida la carrera de armamentos, que arrastró los demás ámbitos del sistema.

Hay quien sostiene que la superioridad del sistema económico de “economía de mercado” frente al sistema de “economía centralizada o planificada”, quedó definitivamente demostrada al compararse los niveles de vida de la población en ambas sociedades, al tiempo que la TV e internet permitían el conocimiento del desarrollo y bienestar de la llamada “sociedad capitalista”, frente al estancamiento de la otra parte. El deseo de la sociedad comunista de alcanzar los niveles de bienestar y consumo de la sociedad capitalista fue minando poco a poco, hasta su derrumbamiento, los cimientos del sistema socialista.

Frente a todas estas y otras explicaciones de la “caída del muro”, el humanismo cristiano, querido amigo, tiene también su versión, que posee además un mayor nivel de rigor y mayor grado de credibilidad.

El Papa Juan Pablo II la expuso con motivo de la publicación de la Encíclica “Centésimus Annus” en 1991, que conmemoraba el primer centenario de la primera Encíclica social, la “Rerum Novarum” de León XIII. En aquella explicaba que el comunismo había caído como consecuencia de un error antropológico, consistente en querer arrancar del hombre su innata tendencia a la búsqueda de la verdad y de Dios. Este error antropológico pudo permanecer muchos años oculto, pero finalmente terminó por salir a la luz. Dicho de otra manera, el comunismo se sustentaba en permanentes mentiras que terminaron siendo rechazadas por los ciudadanos.

Este final de la “guerra fría”, así interpretado, tuvo un largo proceso de maduración que comenzó cuando en 1979 Juan Pablo II visitó Polonia durante nueve días, sembrando la semilla que aún tardaría en germinar diez años: una revolución de las conciencias que desencadenó una revolución social. Conocía el comunismo desde dentro, había evaluado la magnitud real (y no teórica) de sus defectos y fallos, había resistido sus ataques brutales, sabía del poder de la piedad popular y de las tradiciones de Polonia, y desde su posición papal aportó una combinación de perspicacia, experiencia y valor.

Para este Papa la lucha contra el comunismo no era política sino moral: una lucha por la verdad del hombre y la verdad del bien. Creía que la historia de los pueblos es la de su cultura, y en el centro de esta se encuentra la Religión. Frente a esto, el comunismo pisoteaba la historia y los derechos de las personas.

No se trataba de vencer a un enemigo ideológico, sino de liberar a los pueblos de la opresión; no se trataba de la victoria de Occidente, sino de recuperar la conciencia nacional de los pueblos oprimidos; no se trataba de acabar con la partición de la Europa central y del este, sino de concienciar a sus ciudadanos de sus derechos basados en los principios de la antropología y de la ética, esto es, en la dignidad trascendente de la persona.

El poder de Juan Pablo II era un poder moral, basado en una fe inquebrantable en la persona humana y en los valores antropológicos universales. Años después de la caída del muro, un historiador americano[i] de la guerra fría pudo decir que los miles de millones de dólares dedicados a armamentos, a agencias de inteligencia y espionaje, a propaganda, a complejos militaro-industriales, bases militares en el exterior, etc, etc, habían perdido su eficacia, porque el poder estaba en líderes como Juan Pablo II cuyo dominio del valor, la elocuencia, la imaginación, la determinación y la fe, permitieron demostrar las disparidades y contradicciones entre lo que la gente creía y pensaba  y lo que decían los sistemas que los oprimían.

Y después de la guerra fría ¿qué? La respuesta en la próxima carta.

Recibe un cordial abrazo de



[i] John Lewis Gadis: “The cold war. A new history”. New York Peguin Press. 2005, pag. 105

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro