Cartas sobre humanismo y política

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63ª Carta: Humanismo social y comunidad. La convivencia (1).

Querido amigo[i]:

En esta primera carta sobre la comunidad, después de haber dedicado las dos anteriores a la persona, quiero exponerte las ideas generales de lo que significa para el humanismo social. Persona y comunidad son, como ya sabes, los dos grandes pilares en que se apoya. Te sugiero que releas las cartas 14ª, 15ª y 16ª en las que ya abordé este tema, porque lo que voy a decirte en esta y en las siguientes es desarrollo o reiteración de aquellas.

Para uno de los más importantes humanistas del siglo XX, Jacques Maritáin[ii], la idea de comunidad es típica del humanismo cristiano. De ella pueden destacarse los elemento de convivencia y de organización, y debe reconocerse que la  familia constituye su célula básica.

La convivencia, pues, es elemento esencial de la comunidad, lejos de las teorías del contrato social o las del estado natural de bondad en el hombre. Quienes conviven cooperan entre sí para la consecución de fines comunes. A ella dedicamos esta carta.

En la convivencia deben destacarse cuatro caracteres:

1º. Tiene un contenido esencialmente humano. Es el hombre el que escribe su historia personal por medio de numerosos lazos, contactos, situaciones, estructuras sociales que lo unen a otros hombres; y esto lo hace desde el primer momento de su existencia sobre la tierra, desde el momento de su concepción y su nacimiento. El hombre es el protagonista, en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y, a la vez, de su ser comunitario y social, en el ámbito de la propia familia y de contextos diversos, en el ámbito de la propia nación, o pueblo, en el ámbito de toda la humanidad. No se trata, por tanto, de un hombre aislado, sino de un hombre que convive en comunidad.

2º. Tiene un sentido solidario. Es en el ámbito de la comunidad donde puede darse la solidaridad. Después de reconocer los males de nuestro tiempo (falta de amor social, olvido de la ética, pobreza, injusticias sociales, paro, etc.), es la solidaridad una de las soluciones a los peligros y amenazas del progreso y la inspiradora de la búsqueda de instituciones y caminos adecuados para resolver los problemas de los intercambios y los problemas del reparto de las riquezas, especialmente aplicable a los pueblos en vías de desarrollo, tarea que requiere el compromiso decidido de hombres y de pueblos libres y solidarios.

La conciencia creciente de la interdependencia entre los hombres y las naciones, que adquiere una connotación moral, y que se percibe como un sistema determinante de relaciones económicas, culturales, políticas, y religiosas, tiene su respuesta, como actitud moral y social, y como “virtud”, en la solidaridad. Esta no es, pues, un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos.

La solidaridad de la que hablamos es un camino hacia la paz y hacia el desarrollo. En efecto, la paz del mundo es inconcebible si no se logra reconocer por parte de los responsables que la interdependencia exige de por sí la renuncia a toda forma de imperialismo económico, militar o político y la transformación de la mutua desconfianza en colaboración.

3º. Implica un deber de justicia. Un sistema justo, es decir, intrínsecamente verdadero, y a su vez moralmente legítimo es el sistema de trabajo que supera la antinomia capital-trabajo. Aparecen aquí conceptos de tan profunda carga como los de “verdad” y “justicia”. Lo verdadero y lo justo deben integrarse como elementos de algo superior, esto es, “moralmente legítimo”. Podríamos decir por tanto, que no basta la justicia en la convivencia, sino que es exigible además la legitimidad moral.

4º. Por último, la convivencia implica también una exigencia de igualdad que es reconducida a la cuestión del desorden moral. Nos encontramos ante un grave drama que no puede dejarnos indiferentes: el sujeto que, por un lado, trata de sacar el máximo provecho y el que, por otro, sufre los daños y las injusticias es siempre el hombre. Drama exacerbado, aún más, por la proximidad de grupos sociales privilegiados y de los países ricos que acumulan de manera excesiva los bienes cuya riqueza se convierte de modo abusivo en causa de dichos males. Frente a la desigualdad injusta, el humanismo social propugnará una más amplia e inmediata distribución de la riqueza a escala mundial, y las necesarias transformaciones en las estructuras económicas del planeta. La desigualdad debe situarse en la base de los problemas de la convivencia.

En resumen, a los problemas de la convivencia les resulta también de aplicación la jerarquía de los valores que va derivándose, de manera expresa o implícita, en el pensamiento del humanismo social: antes la ética que la técnica; antes la persona que las cosas; antes el trabajador que el trabajo; antes el espíritu que la materia.

En la próxima carta te hablaré de la organización de la comunidad.

Recibe un cordial abrazo de



[i] En el Manual de la “Nueva gramática de la lengua española” publicado por la Real Academia Española, (pag. 25, Madrid, 2010), se dice que en el lenguaje político, administrativo y periodístico se percibe una tendencia a construir series coordinadas constituidas por sustantivos de personas que manifiestan los dos géneros (amigos/amigas, diputados/diputadas, alumnos/alumnas), el circunloquio es innecesario  puesto que el empleo del género no marcado (masculino) es suficientemente explícito para abarcar a los individuos de uno y otro sexo.

[ii] “El Hombre y el Estado”, Ed. Guillermo Kraft. Buenos Aires, 1952

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro