Cartas sobre humanismo y política

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65ª Carta: Humanismo social y comunidad. La organización política (3).

Querido amigo[i]:

Continúo en esta carta abordando el tema de la organización de la comunidad. No pierdas de vista que esto lo hago desde la perspectiva del humanismo social y no desde ninguna otra.

Con carácter muy general puede afirmarse que la comunidad abarca la sociedad civil y sus organizaciones, el Estado y los propios ciudadanos. Y como ya te anticipé tiene una estructura social y otra política. Hoy toca hablar de esta última.

El primer elemento de la organización política de la comunidad es la patria (término que irrita mucho a los “progres”) o la nación. Es el sano amor a tu patria, a tu país, a pesar de sus defectos. Y debe ser así desde la perspectiva del trabajo y de la cultura, entre otras muchas.

La patria es esa gran sociedad, a la que pertenece el hombre en base a particulares vínculos culturales e históricos. Dicha sociedad es no sólo la gran «educadora» de cada hombre, sino también una gran encarnación histórica y social del trabajo de todas las generaciones. Todo esto hace que el hombre concilie su más profunda identidad humana con la pertenencia a la nación y entienda su trabajo como instrumento del bien común elaborado juntamente con sus compatriotas, dándose así cuenta de que por este camino el trabajo sirve para multiplicar el patrimonio nacional.

La idea de nación se liga también a la idea de cultura. Toda la actividad humana tiene lugar dentro de una cultura y tiene una recíproca relación con ella. Para una adecuada formación de esa cultura se requiere la participación directa del hombre, el cual desarrolla en ella su creatividad, su inteligencia, su conocimiento del mundo y de los demás hombres. A ella dedica también su capacidad de autodominio, de sacrificio personal, de solidaridad y disponibilidad para promover el bien común.

El segundo elemento es el Estado. No trato de formular una teoría política sobre el Estado, sino de destacar sus rasgos más importantes para el humanismo.  Los dejé resumidos en la carta 15ª a la que te remito. Y ahora te añado la posición del humanismo social en tres puntos:

1ª. Que es crítico con los totalitarismos. El totalitarismo nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena identidad, tampoco existe ningún principio seguro que garantice relaciones justas entre los hombres: los intereses de clase, grupo o nación los contraponen inevitablemente unos a otros. Si no se reconoce la verdad trascendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión, sin respetar los derechos de los demás. La raíz del totalitarismo moderno hay que verla, por tanto, en la negación de la dignidad trascendente de la persona humana, imagen visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos que nadie puede violar: ni el individuo, el grupo, la clase social, ni la nación o el Estado. No puede hacerlo tampoco la mayoría de un cuerpo social, poniéndose en contra de la minoría, marginándola, oprimiéndola, explotándola o incluso intentando destruirla.

Y es crítico con los fundamentalismos o fanatismos de quienes, en nombre de una ideología con pretensiones de científica o religiosa, creen que pueden imponer a los demás hombres su concepción de la verdad y del bien.

2ª. Que defiende el Estado de Derecho y la libertad. En una estricta teoría política, la democracia se apoya en tres pilares: la separación de poderes, el Estado de Derecho y la libre alternancia de los partidos. Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de Derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la «subjetividad» de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad.

3º. Que defiende los derechos humanos. Se asiste hoy al predominio, no sin contrastes, del ideal democrático junto con una viva atención y preocupación por los derechos humanos. Entre los principales hay que recordar: el derecho a la vida, del que forma parte integrante el derecho del hijo a crecer bajo el corazón de la madre, después de haber sido concebido; el derecho a vivir en una familia unida y en un ambiente moral, favorable al desarrollo de la propia personalidad; el derecho a madurar la propia inteligencia y la propia libertad a través de la búsqueda y el conocimiento de la verdad; el derecho a participar en el trabajo para valorar los bienes de la tierra y recabar del mismo el sustento propio y de los seres queridos; el derecho a fundar libremente una familia, a acoger y educar a los hijos, haciendo uso responsable de la propia sexualidad. Fuente y síntesis de estos derechos es, en cierto sentido, la libertad religiosa, entendida como derecho a vivir en la verdad de la propia fe y en conformidad con la dignidad trascendente de la propia persona.

Nos iría mucho mejor en la España de nuestros días si todos defendiéramos estas ideas sobre la Patria y el Estado que parecen tan básicas y en muchos casos obvias.

En la próxima carta  te hablaré de los fines de la comunidad.

Recibe un cordial abrazo de



[i] En el Manual de la “Nueva gramática de la lengua española” publicado por la Real Academia Española, (pag. 25, Madrid, 2010), se dice que en el lenguaje político, administrativo y periodístico se percibe una tendencia a construir series coordinadas constituidas por sustantivos de personas que manifiestan los dos géneros (amigos/amigas, diputados/diputadas, alumnos/alumnas), el circunloquio es innecesario  puesto que el empleo del género no marcado (masculino) es suficientemente explícito para abarcar a los individuos de uno y otro sexo.

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro