Cartas sobre humanismo y política

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69ª Carta: Humanismo social y trabajo (1).

Querido amigo[i]:

Inicio una serie de cartas dedicadas al trabajo humano.

Preocupados, gravemente preocupados, por los millones de personas a escala planetaria y nacional que no encuentran trabajo, nos olvidamos meditar sobre su naturaleza, su valoración moral, sobre la condición laborante del hombre, su incidencia en la vida personal de cada uno, y sobre su importancia social.

Esta carta te parecerá un tanto teórica cuando tantas personas sufren las miserias del paro, pero el péndulo de la economía seguirá oscilando y volverá a recuperarse la ocupación. Nada obsta a que tu tengas unas ideas de cómo ve el humanismo social el trabajo humano. La idea esencial es que se ha pasado de la concepción bíblica del trabajo como castigo a una consideración positiva del trabajo como participación y colaboración en la obra creadora de Dios, expresada en el mandato de “dominad la tierra”.

Afortunadamente disponemos de tres documentos excepcionales para adentrarnos en la concepción humanista del trabajo. Son las tres Encíclicas de contenido social del Papa S. Juan Pablo II: “Laborem Exercens”, “Solicitudo rei sociales” y “Centésimus annus”. Al contemplar en ellos al hombre como eje vital y esencial del trabajo, podríamos hablar de que tales documentos constituyen un auténtico “humanismo del trabajo”. Veamos en qué consiste en esta y en las sucesivas cartas.

El trabajo puede entenderse en sentido objetivo y subjetivo. En el primero, el trabajo es una realidad humana que al llevarse a cabo produce resultados tangibles que, en un sentido muy amplio, pueden considerarse como riqueza. La técnica y la electrónica son los modernos exponentes del trabajo.

En sentido subjetivo, el hombre es el sujeto activo del trabajo. Este sentido subjetivo prima sobre el objetivo, porque el mandato de “someted la tierra” está dirigido al hombre creado a imagen y semejanza de Dios; porque la dignidad del trabajo tiene su vínculo o enlace con la dignidad humana y su fundamento en el mismo hombre; porque el hombre es el que hace el trabajo y controla el que hacen las máquinas; porque la finalidad del trabajo, más que en los resultados, está en el propio trabajador; y porque la esencia ética del trabajo no tendría lugar si lo realizase alguien distinto a un sujeto moral, libre y responsable.

Se defiende el principio de la prioridad del trabajo sobre el capital, que implica el rechazo del “economicismo” (considerar exclusivamente los objetivos económicos), y la afirmación de la propiedad privada sometida a una “hipoteca social” que obliga al cumplimiento de un destino universal de los bienes.

Los trabajadores (en el amplio sentido que más adelante veremos) tienen derecho al empleo, a un salario justo, a sindicarse, a la huelga, así como a ayudas familiares o subvenciones, especialmente a las madres que se dedican exclusivamente al cuidado de los hijos.

Para el humanismo cristiano, el trabajo diferencia al hombre de los demás seres creados; permite al hombre realizarse a sí mismo en el cumplimiento de su vocación; ofrece una respuesta al interrogante sobre el sentido de su vida, que es el de participar en un proyecto (el de dominar la tierra) en la medida de las posibilidades de cada uno; y explica la penosidad, la fatiga o el sacrificio inherentes al trabajo como ofrenda a la participación en la obra redentora. En definitiva, junto a sus connotaciones temporales, el trabajo posee también una dimensión moral que nace de su consideración de partícipe en la obra creadora y redentora del mundo

Sé muy bien, querido amigo, que todo lo anterior te parecerá “música celestial”, como te anticipaba la principio, preocupado, si lo estás, por encontrar un empleo, y al contemplar el mundo de las relaciones laborales, tanto en nuestro mundo occidental desarrollado, como en otras partes del mundo, que lo están menos, y en las que son frecuentes escenarios de auténtica esclavitud.

Pero, precisamente, la lucha contra las situaciones de desempleo, o de tantas situaciones injustas y discriminatorias, encuentra su razón de ser y su justificación en las consideraciones que te hago en esta carta. Y más aún, si en nuestro entorno, el trabajo no tiene la consideración que defiende el humanismo, es hora de que lo incorporemos a nuestros programas y de que luchemos por conseguirlo.

En la próxima carta te hablaré de la dimensión moral del trabajo.

Recibe un cordial abrazo de

 

[i] En el Manual de la “Nueva gramática de la lengua española” publicado por la Real Academia Española, (pag. 25, Madrid, 2010), se dice que en el lenguaje político, administrativo y periodístico se percibe una tendencia a construir series coordinadas constituidas por sustantivos de personas que manifiestan los dos géneros (amigos/amigas, diputados/diputadas, alumnos/alumnas), el circunloquio es innecesario puesto que el empleo del género no marcado (masculino) es suficientemente explícito para abarcar a los individuos de uno y otro sexo.

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro