Cartas sobre humanismo y política

Volver a todas las cartas

76ª Carta: Humanismo social y cultura (1).

Querido amigo[i]:

Voy a dedicar cuatro cartas a lo que es la cultura para el humanismo social, por ello quiero, en esta primera, anticiparte una perspectiva general de cómo el humanismo aborda esta importante materia.

Cuando hablamos de cultura solemos referirnos, normalmente, al patrimonio cultural de un país o de un continente, a los conocimientos científicos, a la historia del pensamiento, a las obras de interés histórico-artístico, y también a las costumbres sociales, o a la historia de los pueblos y de sus instituciones. A todo esto lo solemos llamar cultura. Sin embargo es solamente su aspecto exterior, sus signos o imágenes, su manifestación objetiva.

También solemos hablar de cultura al referirnos a las organizaciones dedicadas a la conservación o exposición de bienes culturales o de interés histórico artístico, o a la promoción y difusión de las artes. Como casi todo ello está subvencionado, se habla de “cultura de la subvención”. Pero esto tampoco es la perspectiva que interesa al humanismo.

Quiero, querido amigo, descubrirte otro sentido de la cultura.

La cultura es el cultivo del hombre. Lo mismo que la agricultura es el cultivo del campo (el agro). El cultivo de hombre se logra a través de la educación. Pero no de la educación que se limita a transmitir los conocimientos científicos, o los datos, o aquello que es objetivo y no discutible. A esto se le llama “información”. Así lo señaló uno de los primeros humanistas, Petrarca, cuando se preguntó de qué servía conocer la naturaleza, o el comportamiento, o los instintos de los animales feroces, si desconocíamos la naturaleza del hombre y la finalidad de su existencia.

Para el humanismo social la cultura es el conjunto de saberes que permite al hombre vivir dignamente como persona. Y ¿cómo se desarrolla este proceso? Voy a intentar resumirlo.

La parte del ser humano que no es cuerpo, es el espíritu. El espíritu se compone de inteligencia, voluntad, y capacidad de actuar.

A través de una inteligencia metódica llegamos a la “sabiduría”, que abarca tres áreas: 1) una idea general del mundo que dé respuesta a las preguntas sobre el sentido de la vida, a dónde vamos, de dónde venimos, que es la felicidad, y como afrontamos el dolor y la muerte; 2) una concreción de criterios morales que guíen nuestra conducta y nos permitan distinguir el bien del mal; y 3) un conocimiento de las cosas y de los comportamiento humanos, de su afectividad y capacidad de amar, para relacionarse con las demás personas.

A través de la voluntad llegamos a la “virtud”, como lo denominaban los clásicos, que abarca también tres áreas: 1) la disciplina personal para imponernos una conducta libre, consciente y racional; 2) la honestidad que inclina hacia la justicia y la honradez; y 3) la ordenación de los afectos y los amores hacia personas o ideales.

A través de la capacidad de actuar se aprende a hacer cosas, a sacar adelante proyectos, a proponernos objetivos y metas, recibiendo y aprovechándonos de la experiencia de otros y aplicando nuestro propio ingenio.

Todos estos componentes del espíritu humano se acumulan formando la parte esencial de la cultura de cada persona. Dentro de ella se llaman “buenas artes” (a diferencia de las bellas artes, los oficios, los espectáculos, los deportes) a aquellas artes que llevan a emplear con dignidad, eficacia y belleza los resortes de la vida humana. Estas artes humanas son como la musculatura del alma. En ellas se juega la calidad de la persona y su relación con la verdad, la belleza, el bien, la justicia y el amor.

Pero la cultura solo se mantiene viva si se encarna en las personas, no se la guarda en bibliotecas o almacena en instrumentos informáticos (pen-drives, DVD, CD). Y por mucho que hoy se hable de “cultura de masas” (a ello me referiré en carta posterior), es los cierto que el cultivo del espíritu es arte de cada uno, y no es de masas sino de pocos.

La cultura es una especie de servicio a la humanidad que proporciona una minoría. Es adquirir, para dar después, los bienes que nos hacen más humanos, manteniéndolos vivos, mejorándolos y transmitiéndolos a las siguientes generaciones.

El humanismo es un ideal de formación que cultiva las humanidades, es decir, aquellas artes y saberes que contribuyen a que el espíritu adquiera forma humana.

En la próxima carta te hablaré del hombre culto.

Recibe un cordial abrazo de

 

[i] En el Manual de la “Nueva gramática de la lengua española” publicado por la Real Academia Española, (pag. 25, Madrid, 2010), se dice que en el lenguaje político, administrativo y periodístico se percibe una tendencia a construir series coordinadas constituidas por sustantivos de personas que manifiestan los dos géneros (amigos/amigas, diputados/diputadas, alumnos/alumnas), el circunloquio es innecesario puesto que el empleo del género no marcado (masculino) es suficientemente explícito para abarcar a los individuos de uno y otro sexo.

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro