Cartas sobre humanismo y política

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78ª Carta: Humanismo social y cultura (3)

Querido amigo[i]:

En mi carta anterior te hablaba del hombre culto y de los rasgos esenciales de la cultura desde la perspectiva del humanismo social. Déjame que en esta te siga hablando de ello y profundizando un poco más.

La cultura occidental, que es en la que estamos situados, está definida por tres rasgos constitutivos: el clasicismo greco-romano, el cristianismo y la fusión de ambos en los humanismos de muy diverso signo.

A Grecia le debemos el descubrimiento del hombre como ser humano y de su capacidad de raciocinio; también el descubrimiento de su condición de ciudadano de la “polis”. A Roma le debemos la absorción pacífica de la cultura griega y el haber proporcionado las bases jurídicas para la organización del imperio y de la sociedad.

El cristianismo proporcionó al legado greco-romano la conciencia de la responsabilidad personal, la práctica de la caridad (hoy llamada solidaridad), el sentido trascendente del hombre y la perspectiva moral del mundo.

Los humanismos vinieron a redescubrir la cultura greco-romana estableciendo un ideal de armonía entre el espíritu y la materia.

Te prevengo contra uno de los errores más comunes: confundir cultura e ideología. Pero no se puede. Aquella es el todo, lo global, y esta es una parte, sujeta a cambios y a desapariciones. Son las ideologías totalitarias las que deliberadamente fomentan la confusión. Para evitarla, la cultura debe estar abierta a todo tipo de experiencias, novedades y conocimientos, así como a recibir y reelaborar las experiencias de otros.

La historia real y verdadera de las naciones no es la de sus grandes batallas o conquistas, ni su historia social, ni la de sus gobernantes. La historia de las naciones no es la de conquista del poder (jacobinismo), ni la de los hechos económicos (materialismo marxista). La historia real y verdadera de los pueblos es la de su cultura, de la que forma parte los valores religiosos, de ahí que haya que darla a conocer, sin tergiversaciones, a los ciudadanos, especialmente a los jóvenes.

En mi carta anterior te anticipaba la idea de que la cultura ayuda a “ser” más, frente al “tener” más de nuestra sociedad consumista, que son los modos de vida en que se debate el hombre de nuestro tiempo y que, paradójicamente, la voracidad en el modo de “tener” conduce a la rebaja en el modo de “ser”. Y te resaltaba también como para el humanismo social la cultura acrecienta la dignidad de la persona y la hace más apta para las tareas del bien común.

En esta carta quiero advertirte de otro peligro tan sutil como eficaz: la cultura de masas. Se trata de una característica común a las sociedades desarrolladas y que tienen como instrumentos más importantes los medios audio visuales de comunicación, y los modernos medios informáticos y de comunicación electrónica.

Los medios audiovisuales uniformizan y canalizan los comportamientos sociales, dominan el tiempo libre y de ocio, crean un estilo de respuestas de escaso rigor y nivel intelectual, influyen decisivamente en las conductas, las modas, las opiniones, el estilo de vida (“american way of life”), y uniformizan las actitudes y las posiciones ante los problemas, las voluntades y los gustos de los ciudadanos.

Los medios de comunicación electrónica y las redes sociales están suponiendo una revolución en la comunicación interpersonal e intergrupo, y junto a las ventajas de relación en tiempo real con las personas y en los negocios, y de conocer las opiniones de muchas personas sobre temas concretos, tienen el peligro de su manipulación y de su utilización para fines distintos de los que le son propios.

No es inoportuno que te recuerde a nuestro Ortega y Gasset, primer pensador y filósofo que advirtió el fenómeno de la cultura de masas, y que en la primera mitad del siglo XX dejó dicho que la llegada de las masas transformaría el modo de ser y de actuar de las sociedades, y que el hombre-masa supone un movimiento acelerado hacia la mediocridad, la homogeneización y la eliminación de los singular. No es posible decirlo mejor.

Huye, querido amigo de las políticas y de los políticos que buscan la sociedad homogénea en la que todos seamos iguales, pensemos lo mismo y hagamos el mismo esfuerzo, cuanto menor, mejor.

En la próxima carta seguiré con este interesante tema.

Recibe un cordial abrazo de

 

[i] En el Manual de la “Nueva gramática de la lengua española” publicado por la Real Academia Española, (pag. 25, Madrid, 2010), se dice que en el lenguaje político, administrativo y periodístico se percibe una tendencia a construir series coordinadas constituidas por sustantivos de personas que manifiestan los dos géneros (amigos/amigas, diputados/diputadas, alumnos/alumnas), el circunloquio es innecesario  puesto que el empleo del género no marcado (masculino) es suficientemente explícito para abarcar a los individuos de uno y otro sexo.

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro