Cartas sobre humanismo y política

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89ª Carta: Humanismo y programas electorales

Querido amigo[i]:

Te escribo esta carta en tiempos electorales, pasados y futuros. Son buenos momentos para reflexionar sobre los fines de la comunidad y sobre cómo estos fines se plasman en los programas con que los partidos políticos se presentan a las elecciones. No olvides que persona y comunidad son los dos ejes en los que se asienta el humanismo cristiano.

Ante todo, ten en cuenta que el fin primigenio de toda comunidad es la convivencia. Convivir significa vivir juntos, aprovechar las ventajas que ello supone frente al vivir aislados, ayudarse unos a otros y tener conciencia de que, no obstante las diferencias, hay una identidad esencial básica en los grandes objetivos. “Convivir” mejor que “coexistir”, porque esto último implica, meramente, el compartir territorios y servicios, sin identificación alguna con ideales más altos.

El fin de la convivencia se concreta en la identificación del bien común o del interés general. Y aquí comienzan las discrepancias: como se identifica y como se prioriza.

Para el humanismo, el bien común se identifica con las necesidades reales de los ciudadanos y no en razones artificiales de prestigio internacional, de imagen, de comparaciones con otros países, o de presiones de grupos de interés. Aquellas necesidades han de fijarse y establecerse con la participación de los ciudadanos, pues una teoría abstracta del bien común llevaría a una separación radical entre las necesidades oficiales y las necesidades reales. Es el fenómeno frecuente de “desconexión” entre gobernantes y gobernados, entre el país real y el país oficial.

Para establecer las prioridades hay que indagar e investigar de manera minuciosa las necesidades de los ciudadanos, partir de los hombres corrientes y normales y de sus aspiraciones, determinar lo que es posible y financiable, pues lo que no es posible, debe esperar. Te insisto en que el punto de partida es el hombre o el ciudadano, pues si es el “colectivo”, como algunos socialismos propugnan, las consecuencias suelen ser negativas.

Así pues, el método puede establecerse de la siguiente manera: primero, los problemas de las personas; segundo, los problemas de los ciudadanos; y tercero, los problemas de los grupos identificables como tales por la identidad de sus problemas.

En la elaboración de los programas electorales concurren una serie de circunstancias que hacen de ellos documentos de escasa fiabilidad.

Ante todo, la programación pública se vincula a la teoría que se tenga del Estado, a lo que el Estado (o los demás poderes públicos) pueden conceder, a su imagen de “Estado de bienestar”, más que a poner como eje de dicha programación al ciudadano.

Además, en su sentido esencial, un programa electoral es un conjunto de medidas que un partido político se compromete a adoptar y de objetivos que se compromete a conseguir, si gana las elecciones, y durante un periodo de tiempo determinado. Sin embargo, al final de este periodo nadie pide cuentas. Se “huye hacia delante”, es decir, se proponen nuevas medidas y objetivos para el periodo siguiente. Habrás visto muy pocos análisis, si has visto alguno, en que al final de una legislatura se compare lo prometido con lo realizado efectivamente. El voto debería estar en función de esta comparación, y no en que el candidato nos caiga más o menos bien.

Por otra parte, en los programas electorales se suelen incluir medidas u objetivos a sabiendas de que no podrán alcanzarse, bien porque no habrá financiación para ello, bien por ser utópicos. Al contrario, en los programas se ocultan medidas que se piensan adoptar, porque podrían retraer el voto de determinados sectores (como por ejemplo, la ley de aborto libre aprobada por el Gobierno socialista y no contemplada en su programa de 2008). Ambos supuestos son igualmente rechazables, y, a la vista de la experiencia que ya tenemos en España de las sucesivas elecciones, debería ser uno de los criterios para orientar el voto.

En definitiva, querido amigo, desconfía de los programas electorales que no ponen al ciudadano como la prioridad y el eje de su formulación. Y a la hora de votar, valora especialmente quien cumple y quien no, por activa y por pasiva, lo que promete.

Recibe un cordial abrazo de

 

 

[i] En el Manual de la “Nueva gramática de la lengua española” publicado por la Real Academia Española, (pag. 25, Madrid, 2010), se dice que en el lenguaje político, administrativo y periodístico se percibe una tendencia a construir series coordinadas constituidas por sustantivos de personas que manifiestan los dos géneros (amigos/amigas, diputados/diputadas, alumnos/alumnas), el circunloquio es innecesario  puesto que el empleo del género no marcado (masculino) es suficientemente explícito para abarcar a los individuos de uno y otro sexo.

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro