Cartas sobre humanismo y política

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8ª Carta: Sobre la persona y su dignidad.

En la carta anterior te anticipaba que en esta hablaríamos sobre la dignidad de la persona. Creo que nadie duda que el hombre es un ser digno. Pero ¿de dónde le viene esa dignidad? La respuesta es que si el hombre ha sido creado por Dios, tiene que ser algo digno, pues no podría ser de otra manera. Sin embargo, el hombre en uso de su libertad,  puede aceptar o no este origen, por lo que antes de ejercitar la opción conviene profundizar en lo que sea la dignidad de la persona y en su inescindible vinculación con la libertad.

La historia de la ideas nos muestra que no siempre ha sido así. Las escuelas helenistas separaban las nociones de persona y de ciudadano, separándose en consecuencia, las nociones de ética y política. Aquella se subordinaba a esta y ambas a la “polis”. Hasta Aristóteles existía identidad entre hombre y ciudadano, lo que significaba que no se era nadie como persona sino en función de la pertenencia a la “polis” (en Estados Unidos se dice hoy que no eres nadie si no tienes una tarjeta de crédito).

Alejandro Magno en el siglo IV a.C., rompe el ideal de la “polis” (la Ciudad-Estado), y busca una monarquía universal en la que desaparezcan las diferencias entre las ciudades, las razas o las religiones.

Cuando a mediados del siglo II a.C., Grecia se convierte en provincia romana, se consolida la separación entre hombre y ciudadano, y la ética se fundamenta ya en la persona en cuanto tal. El ideal de la Ciudad-Estado ha sido sustituido por la idea imperial en la que todos los hombres tienen naturaleza común (ciudadanía romana), y la autoridad se basa en un Derecho común (el Derecho Romano) y no en una ley para cada una de las “polís”.

La civilización greco-romana aportó así a la conciencia moral de Europa, desde entonces, dos ideas: la de los derechos de la persona (libertad, igualdad, individualidad); y la necesidad de una norma jurídica obligatoria y universal. La aportación cristiana vino a enriquecer y completar el legado greco-romano configurando así lo que hoy conocemos como civilización occidental, en la que la dignidad y la libertad son los ejes básicos.

Sé que hay a quienes molesta la cita de textos de la Doctrina Cristiana. Lo siento. Pero yo no conozco otros donde se exprese mejor y de manera más clara. Si tú los conoces, por favor, házmelo saber. Porque es en el documento conocido como “Gaudium et spes” del Concilio Vaticano II donde se manifiesta de manera inigualable lo que estamos hablando: “Siempre deseará el hombre saber, al menos confusamente, el sentido de la vida, de su acción y de su muerte… pero es solo Dios… el que puede dar cabal respuesta a estas preguntas, y ello por medio de la revelación en su Hijo, que se hizo hombre. El que sigue a Cristo, hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad”.

La más moderna y completa formulación de la dignidad del hombre la encontramos en la Encíclica del Papa Juan Pablo II “Redemptor hominis” (1989), primera de su pontificado y que es un documento humanista de carácter básico y esencial, cuya lectura, querido amigo, te recomiendo vivamente. (Puedes encontrarla en esta dirección: “www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii”)

En ella se sostiene que la creación del hombre por Dios le otorgó su dignidad como persona, como te dije al principio de esta carta. Y la Encarnación del Hijo de Dios puso de manifiesto su paternidad y su amor, de manera que la vida humana cobró la dimensión que Dios mismo se había propuesto desde el principio: a la dignidad y a la libertad de la persona se unía el amor como elemento que da sentido a la vida del hombre.

No quiero desconocer ni ocultarte que, en los tiempos que vivimos, la dignidad de la persona deriva de aquello a lo que se sirve, de aquel a quien se ama y de aquellos para quien se vive. Pero la despersonalización del trabajo, la globalización de las relaciones sociales y la condición intercambiable de sujetos y cosas lleva a una esterilización, cuando no destrucción, de la conciencia de la dignidad personal.

El político de nuestro tiempo tiene que ser consciente de ello, y tiene la responsabilidad de procurar que cuando ya nadie es nadie, cada uno pueda volver a ser alguien, estimulando y promoviendo la identidad, la vocación y la misión de cada persona. Sé que es muy difícil, pero nadie ha dicho que no lo sería. Puede que te parezca imposible, pero en ningún sitio está escrito que lo imposible no deba intentarse.

Recibe un cordial saludo.

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro