Cartas sobre humanismo y política

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90ª Carta: El Cardenal Marcelo González

Querido amigo:

Es el octavo humanista del que te hablo: Tomás Moro (carta 11ª), Martínez Esteruelas (carta 19ª), Erasmo de Rotterdam (carta 31ª), Raimundo Lulio (carta 40ª), Karol Wojtyla (cartas 52ª a 57ª), Juan Luis Vives (carta 68ª) y Jacques Maritain (carta 81ª).

No sé si habrás tenido ocasión de conocer a uno de nuestros grandes humanistas del siglo XX, o habrás oído hablar de él. Me refiero al Arzobispo de Toledo y Cardenal Primado de España D. Marcelo González Martín, fallecido en el año 2004. Tuve la inmensa fortuna de trabajar para él en temas jurídicos que me encomendó y acompañarle en sus años de jubilación cuando, desprovisto de todo rango y autoridad eclesial podía rezar con el poeta: “Cuando me dejen a un lado/ como a un viejo trasto más/ Tú, Señor, tal olvidado/ sé que no me olvidarás”.

Así pues, puedo hablarte con conocimiento directo y personal y afirmar, como al comienzo de esta carta, que fue uno de los grandes humanistas del siglo XX.

Fue un gran apóstol de la predicación. Como sacerdote y como Obispo pronunció más de 10.000 sermones y conferencias, recogidos en parte en sus Obras Completas. Además impartió la asignatura de Religión en la Universidad de Valladolid, disfrutando de gran respeto y estima por los estudiantes, entre los que se incluían los alumnos de la Universidad de Deusto, que por entonces debían validar sus estudios es aquella Universidad.

Gozaba de las virtudes del humanista: gran cultura, sinceridad, trabajador, amigo leal, hecho al sacrificio personal, y enemigo de la falsedad y de cualquier componenda. Como Príncipe de la Iglesia tenía una fe profundamente arraigada. Era un hombre de Dios, servidor fiel y prudente como exige el Evangelio, cumplidor de su voluntad en los difíciles puestos que le tocó desempeñar, y entregado en cuerpo y alma a la Iglesia, a la que amó y sirvió sin fisuras.

Su pensamiento era cristocéntrico, es decir, que Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, ocupaba el centro de su vida. Ello le permitió escribir al final de su vida lo que reza el recordatorio de su muerte: “¡Oh Jesús, amado Jesús, Hijo de Dios, hermano de los hombres y Redentor de la humanidad! Estoy contento de haberte ofrecido mi vida porque Tú me llamaste. Ahora que llega  a su fin, recíbela en tus manos como un fruto de la humilde tierra, como si fuera un poco del pan y del vino de la Misa; y preséntala al Padre para que Él la bendiga y la haga digna de habitar junto a tu infinita belleza, perdonando mis faltas y pecados, cantando eternamente tu alabanza, lleno mi ser del gozo inefable de tu Espíritu”.

Otra nota que caracteriza su pensamiento es su amor a la Iglesia, como se anticipó más arriba. De él dijo el Cardenal Gantín: “una nota constante advierto en toda la labor episcopal del Cardenal González Martín: su profundo y fino sentido de Iglesia, al amor a la Santa Iglesia de Cristo. Es como el eje constante de toda su vida y de toda su acción. La Iglesia como misterio de salvación, como sacramento de la infinita sabiduría divina, con su inmensa e inabarcable grandeza y también con las inevitables páginas, a veces oscuras, de su necesaria vertiente humana”.

También su devoción a la Virgen, a la que amaba con ternura, como se quiere a la mejor de las madres. Predicaba sus rasgos en sus diversas advocaciones de los lugares que marcaron su trayectoria vital.

De él dijo el Papa Juan Pablo II que fue un “pastor diligente”.  Y el Cardenal Cañizares, que también ocupó la sede Primada, dijo que fue “pastor bueno, conforme al corazón de Dios, amó mucho a su pueblo en cuyo beneficio no escatimó esfuerzo alguno, ni sacrificios en los distintos lugares en que ejerció su ministerio pastoral”.

Sus iniciativas han perdurado con el paso del tiempo: las viviendas sociales en el barrio de San Pedro Regalado de Valladolid; las emisoras de radio en Valladolid y Toledo; Colegios de la Iglesia en Astorga; Facultad de Teología en Barcelona; potenciación de “Cáritas”; el Seminario de Toledo, fruto de su dedicación constante a las vocaciones sacerdotales, que llegó a tener el mayor número de seminaristas de toda Europa, y al que accedían de todos los países de Hispanoamérica, en una época de crisis generalizada de vocaciones ; Casas de acogida para los sin techo; la revisión y actualización de la liturgia hispana y mozárabe; la ordenación de centenares de sacerdotes; los nuevos templos en las nuevas barridas de las ciudades de su archidiócesis.

Parte de su obra fue recopilada por El “Estudio Teológico de San Ildefonso” en diez Tomos, con motivo de sus bodas de plata episcopales. En ellos se contiene una amplia selección de documentos en los que se fue plasmando su magisterio en sus tres etapas sucesivas de Astorga, Barcelona y Toledo.

El Tomo VIII se titula “Humanismo cristiano” (1993) y recoge veinte documentos agrupados en cinco epígrafes de los que el cuarto se refiere específicamente al humanismo cristiano, destacando en él la conferencia pronunciada en Toledo, en el acto inaugural de la XVII Semana de Teología Espiritual con el título “El triunfo del humanismo cristiano en el mundo actual”. En ella señaló que la preocupación por el hombre es la raíz de todos los humanismos, pero un humanismo sin el Dios que se revela al hombre, mutila al hombre. Solo el humanismo cristiano hace de la civilización una gran civilización al servicio del hombre y no un instrumento de poder al servicio de las naciones más poderosas, de las multinacionales, y de la explotación egoísta de las grandes fortunas. Añade que la grandeza del hombre deriva de haber sido creado a imagen del Creador en la libertad y en la verdad. Los otros humanismos pasan, pero el humanismo cristiano está hoy en el mundo restituyendo el valor primero a la persona humana, a la verdad, a la belleza y a la espiritualidad, al amor y al trabajo.

El Obispo Rafael Palmero, destacó de D. Marcelo su condición de predicador. Y así fue porque reunía las tres condiciones para serlo: dotes eminentes, formación y estudios y lecturas bien asimilados; sentido exacto de la época en la que vivió; y sentido de los auditorios a los que se dirigía. Tres condiciones que son perfectamente transferibles al humanista cristiano.

Recibe un cordial abrazo

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro