Cartas sobre humanismo y política

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93ª Carta: Humanismo y palabra.

Querido amigo[i]:

Se ha dicho[ii] que el hombre mueve el espíritu con la palabra y las cosas con las manos. El arte de la palabra es el más humano de todos, el primero, el más connatural y el más inmediato.

La palabra es un instrumento de múltiples usos. Nos sirve para hablar, pero también para pensar, para transmitir, para aconsejar, para mandar, para emocionar, para dialogar, para reflejar lo que sucede en el mundo o para crear mundos fantásticos.

La palabra nos permite expresar lo que sabemos y participar en la vida de la sociedad. La palabra nos da acceso a la cultura y nos permite hablar con Dios. Habitamos en un mundo hecho de palabras. Pronunciamos palabras porque tenemos capacidad de hablar, que es característica, exclusivamente, humana y que nos diferencia de todos los demás seres que viven. Esta capacidad es innata en todo recién nacido, salvo anomalías. Es un formidable programa, que no sabemos bien como funciona y que nos permite recibir la lengua materna como lengua en la que somos criados y que nos da acceso a la vida social y a la cultura.

La totalidad de las palabras constituye una lengua, cuya riqueza, difusión y extensión por el mundo depende de la historia, pero también del amor y de la firmeza con que se defiende y de lo que en ella hayan expresado científicos, literatos, poetas, historiadores y políticos.

La lengua propia, y las demás lenguas aprendidas, son el primer instrumentos de nuestro trabajo, cualquiera que sea este. Y la eficacia de este instrumento está en función de la riqueza de nuestro vocabulario.

Desgraciadamente nuestros políticos hablan mal o muy mal, en términos generales. ¿Conoces a algún político del que hayas dicho al escucharle ¡qué bien habla!? Otra cosa es leer, más o menos bien, lo que preparan los colaboradores. Por ejemplo, en el Parlamento, que etimológicamente significa lugar de la palabra, el lugar donde se habla, debería estar prohibido leer a quien sube a la tribuna, como lo está (sin que sea una norma escrita) leer ante determinados Tribunales. Cuando se lee es que no se ha interiorizado lo que se quiere decir, o se es incapaz de expresar lo que se tiene interiorizado. ¡Qué diferencia en las intervenciones públicas de los políticos cuando leen que cuando hablan sin papeles!

Y es que para hablar bien hay que tener un vocabulario rico y preciso y, además, cuidar las formas. La riqueza de vocabulario significa conocer, no solo las palabras que designan las cosas, sino también los términos abstractos, que son el utillaje de una inteligencia que piensa y funciona. La precisión del lenguaje significa utilizar las palabras con propiedad, es decir, adecuadamente, en el momento adecuado, en el contexto adecuado y en la significación adecuada. Ambas cosas, riqueza y precisión, se consiguen leyendo mucho, pero no solo la prensa, sino a las grandes figuras del pensamiento, de la literatura o de la poesía. Y para esto, apenas queda tiempo.

No creas, querido amigo, que todo lo anterior es pura teoría. Tanto en la vida privada como en la pública, quien no habla bien no transmite bien. Y en muchas ocasiones el éxito de un proyecto, de una empresa, de un programa, o la defensa de una causa, o la explicación de unos logros alcanzados, depende de que se sepa comunicarlo.

Aplícatelo a ti mismo y cuida la forma que tienes de hablar. Y exígeselo a los políticos, que están obligados, entre otras cosas, a transmitir con claridad sus mensajes a los ciudadanos.

En la próxima carta te hablare de humanismo y prensa diaria.

Recibe un cordial abrazo de

 

[i] En el Manual de la “Nueva gramática de la lengua española” publicado por la Real Academia Española, (pag. 25, Madrid, 2010), se dice que en el lenguaje político, administrativo y periodístico se percibe una tendencia a construir series coordinadas constituidas por sustantivos de personas que manifiestan los dos géneros (amigos/amigas, diputados/diputadas, alumnos/alumnas), el circunloquio es innecesario  puesto que el empleo del género no marcado (masculino) es suficientemente explícito para abarcar a los individuos de uno y otro sexo.

[ii] V. “Humanismo. Los bienes invisibles”. Juan Luis Lorda. E. Rialp, pags. 117 yss

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro