Cartas sobre humanismo y política

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98ª Carta: Humanismo y misión de los poderes públicos

Querido amigo[i]:

En tu vida cotidiana sientes el peso de los poderes públicos. Desde las reglas de tráfico que te obligan a conducir dentro de unas limitaciones, hasta las leyes fiscales que te obligan a pagar unos impuestos.

Los poderes públicos se han ido haciendo más complejos a medida que la comunidad se desarrolla y se hace también compleja. Esa complejidad significa mayor intervención en la vida de las personas y mayor estructura administrativa y burocrática de tales poderes. Así en España tenemos poderes públicos locales, provinciales, autonómicos y nacionales. A ellos habría que añadir el ámbito europeo e incluso el mundial, derivado de las organizaciones de tales ámbitos (Unión Europea, ONU, Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio, Fondo Monetario Internacional, etc, etc,).

Ante tal maraña organizativa, conviene recordar, desde la perspectiva del humanismo, como deben cumplirse las misiones de esos poderes públicos.

En primer lugar, los poderes públicos están para servir a los ciudadanos  y resolver los problemas que surgen de la convivencia. Otra cosa es la honestidad o la demagogia con que se presten este servicio. El ideal de servicio es netamente humanista.

En segundo lugar, el servicio a las personas debe inspirarse en los principio morales de igualdad y solidaridad. El primero significa tratar de la misma manera a quienes se encuentren en la misma situación, y de manera desigual a quienes se encuentren en situaciones distintas. El segundo significa que los más favorecidos deben colaborar con los menos para atenuar las desigualdades injustas o no justificadas.

En tercer lugar, los enormes poderes de intervención que tienen los poderes públicos solo pueden ser ejercidos si se basan en una ética política que incluye la honestidad, la competencia, la austeridad y la entrega al servicio a los demás de los que gobiernan.

En cuarto lugar, el ejercicio de los poderes de intervención debe estar controlado, no solo por los jueces (Estado de Derecho), sino también por la  sociedad civil, permitiéndose a esta, a través de sus propias organizaciones (asociaciones, fundaciones, ONGs, sindicatos, patronales, etc) el poder llevar a cabo actuaciones de control de acuerdo con sus fines estatutarios.

En quinto lugar, la mejor manera de aplicar y desarrollar las políticas por parte de los poderes públicos, especialmente en aquellas materias en que hay discrepancias, es el pacto, la transacción o el consenso, que obliga a cada una de las partes a renunciar a alguna o algunas de sus pretensiones. Los consensos en política constituyen el síntoma más evidente de la moralización de la vida pública.

En sexto lugar, los poderes públicos han de actuar siempre de acuerdo con un plan o programa que excluya la improvisación y que dé seguridad jurídica a los protagonistas sociales. La publicidad y transparencia de la acción de los gobiernos y su conformidad con lo previsto y anunciado es la clave del rigor y del éxito de la acción política.

Finalmente, dado el mundo de interdependencia que vivimos, ningún poder público del ámbito que sea debe ignorar que no puede actuar aislada, autónoma o independientemente de los demás ámbitos. Esto se hace especialmente intenso en las relaciones con la Unión Europea.

Estos siete criterios de comportamiento, entre otros muchos que podrían aportarse, deben servirte, querido amigo, para que formes tu propio criterio y opinión a la hora de valorar como ejercen los gobernantes los poderes de que están investidos y darles o retirarles tu apoyo.

Recibe un cordial abrazo de

 

[i] En el Manual de la “Nueva gramática de la lengua española” publicado por la Real Academia Española, (pag. 25, Madrid, 2010), se dice que en el lenguaje político, administrativo y periodístico se percibe una tendencia a construir series coordinadas constituidas por sustantivos de personas que manifiestan los dos géneros (amigos/amigas, diputados/diputadas, alumnos/alumnas), el circunloquio es innecesario  puesto que el empleo del género no marcado (masculino) es suficientemente explícito para abarcar a los individuos de uno y otro sexo.

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro