Cartas sobre humanismo y política

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Carta 101ª: El humanismo y su formulación moderna: el hombre (1).

Querido amigo[i]:

Una vez sobrepasado el nº 100 de estas cartas, creo llegado el momento terminar esta correspondencia. A estos efectos me propongo en las próximas y últimas cuatro cartas hacer una especie de balance o síntesis de las ideas y valores esenciales del humanismo cristiano, para que tú mismo puedas responder a la cuestión de lo que sea este humanismo en nuestros tiempos.

La formulación más antigua consideraba el humanismo como un espíritu, una voluntad y un método. Un espíritu de optimismo, de medida y de adaptación; una voluntad de ser hombre que avanza hacia la perfección; y un método de filosofía moral que apela a todas sus virtudes y a todas sus posibilidades.

La moderna formulación del humanismo cristiano, se encuentra en la Constitución “Gaudium et Spes” del Concilio Vaticano II, cuyo objeto es el hombre: “Es por consiguiente el hombre, pero el hombre todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad, que será objeto central de las explicaciones que van a seguir”.

Ya el Papa Pablo VI había hablado del hombre integral, el hombre fenoménico con estas palabras: “el hombre trágico en sus propios dramas; el hombre y superhombre de ayer y de hoy y, por lo tanto, frágil y falso, egoísta y feroz; luego el hombre descontento de sí, que ríe y que llora; el hombre versátil, siempre dispuesto a declamar cualquier papel, que piensa, que ama, que trabaja, que está siempre a la expectativa de algo; el hombre sagrado por la inocencia de su infancia, por el misterio de su pobreza, por la piedad de su dolor; el hombre individualista y el hombre social; el hombre que alaba los tiempos pasados y el hombre que sueña en el porvenir; el hombre pecador y el hombre santo”.

Según la “Gaudium et Spes” existe un hombre interior y un hombre social. El hombre interior es un ser creado a imagen y semejanza de Dios, constituido de alma y cuerpo, dotado de inteligencia y capacitado para la verdad y el conocimiento. Posee una conciencia moral que, a modo de ley escrita en su corazón, le permite distinguir entre el bien y el mal. Es un ser libre y el uso de su libertad es inherente a su dignidad. En función de él se ordenan los bienes de la tierra. Su vida es una lucha dramática entre el bien u el mal, entre la vocación sublime y la miseria profunda, entre la gracia y el pecado. Pero ha sido creado para un destino trascendente más allá de la vida.

El hombre social se caracteriza por tres notas. Primera, es la única criatura que Dios ha amado por sí misma y no puede encontrar la plenitud de su vida si no es en la entrega sincera a los demás. Segunda, tiene derecho a la igualdad y a no ser discriminado respecto a sus semejantes. Tercero,  tiene derecho al respecto a su persona.

El hombre que te he descrito, querido amigo, en los párrafos anteriores está sometido en nuestros días a paradojas, cambios, discrepancias, desequilibrios e interrogantes, lo que no implica una visión pesimista sino la constatación de unas realidades que no son suficientes para anular la visión optimista y esperanzada. De ello te hablaré en la próxima carta.

Por cierto, no busques en los programas de los partidos políticos un concepción del hombre ni una defensa de su dignidad profunda. A los partidos solo les interesa lo que según los sociólogos y las encuestas les pude dar votos.

Recibe un cordial abrazo de

 

[i] En el Manual de la “Nueva gramática de la lengua española” publicado por la Real Academia Española, (pag. 25, Madrid, 2010), se dice que en el lenguaje político, administrativo y periodístico se percibe una tendencia a construir series coordinadas constituidas por sustantivos de personas que manifiestan los dos géneros (amigos/amigas, diputados/diputadas, alumnos/alumnas), el circunloquio es innecesario  puesto que el empleo del género no marcado (masculino) es suficientemente explícito para abarcar a los individuos de uno y otro sexo.

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro