Cartas sobre humanismo y política

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Carta 103ª: Humanismo y redención (3).

Querido amigo[i]:

En mi carta anterior te hablaba de la respuesta del humanismo cristiano a las paradojas, cambios, desequilibrios y discrepancias del hombre moderno y te anunciaba que en esta te hablaría del hombre redimido. Ya sé que no te resulta fácil admitir aquella respuesta, ni tampoco que el hombre haya sido redimido. Pero esto es la base y el fundamento para comprenderla. Voy a sintetizarse los pilares en que se apoya la respuesta y la condición redimida del ser humano.

  1. El humanismo cristiano tiene solicitud por el hombre (que es algo más que la simple preocupación). Significa que procura lo que sirve a su bien verdadero o lo defiende de las amenazas; y que lucha porque esta vida sea lo más conforme posible con su dignidad y sea cada vez más humana.
  2. Hablamos del hombre integral y concreto (cada uno), del hombre en toda su verdad, en su plena dimensión. No se trata de algo abstracto, sino real, histórico. Se trata del hombre que viene al mundo concebido en el seno materno, y que por el misterio de la redención se ve acogido con aquella solicitud. Es una realidad humana irrepetible, en la que permanece la imagen y semejanza de Dios.
  3. La concepción humanista del hombre no está petrificada, sino adaptada al signo de los tiempos: miedo a que los productos de su trabajo puedan convertirse instrumentos de deshumanización, más que medios de dignificarle; desequilibrio entre el desarrollo de la técnica y el progreso de la ética del comportamiento; falta de sentido y comprensión de los fines del desarrollo; las amenazas al ambiente por la sobreexplotación de los recursos naturales, etc.
  4. Una tajante declaración de la prioridad de la ética sobre la técnica, de la persona sobre las cosas, de la superioridad del espíritu sobre la materia.
  5. La crítica sin paliativos a la sociedad de consumo, que pone en desequilibrio el exceso de los bienes en unos y la carencia absoluta en otros; que pone en tela de juicio las estructuras y mecanismos financieros, monetarios, comerciales que rigen la economía mundial; que se revela incapaz de paliar la injusticia de las estructuras sociales heredadas del pasado y de enfrentarse a los desafíos y exigencias de la ética.
  6. La aplicación del principio de solidaridad (moderna expresión de la caridad cristiana) a la distribución más justa de la riqueza; y la apelación a una conversión de las mentalidades para poder, después, transformar las estructuras económicas.
  7. La afirmación de que los derechos humanos contenida en la “Declaración de los Derechos del Hombre”, deben interpretarse de acuerdo con su espíritu, y no ampliarse por cualquier Congreso o Convención, sin las garantías debidas.
  8. La convicción de que la obligación principal de los poderes públicos es la promoción del bien común, y no el poder por el poder; y la de que el bien común se realiza cuando los ciudadanos reciben los servicios y prestaciones a los que tienen derecho.

La anterior enumeración solo tiene un carácter ejemplificador, pues podrían citarse muchos más puntos. Sé que estarás pensando, querido amigo, que en el mundo en que vivimos, sucede todo lo contrario a lo que en tales puntos te digo. Y tienes razón. Por ello nos va como nos va. Pero cuando nos decidamos a cambiar las cosas, ahí tienes el camino más seguro.

En mi próxima y última carta te recordaré los orígenes del humanismo cristiano y sus señas de identidad en nuestros días.

Recibe un cordial abrazo de

 

[i] En el Manual de la “Nueva gramática de la lengua española” publicado por la Real Academia Española, (pag. 25, Madrid, 2010), se dice que en el lenguaje político, administrativo y periodístico se percibe una tendencia a construir series coordinadas constituidas por sustantivos de personas que manifiestan los dos géneros (amigos/amigas, diputados/diputadas, alumnos/alumnas), el circunloquio es innecesario  puesto que el empleo del género no marcado (masculino) es suficientemente explícito para abarcar a los individuos de uno y otro sexo.

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro