Fernando Díez Moreno, una lección de Humanismo Cristiano en el Casino de Salamanca

En la tarde del viernes 10 de mayo, el político, autor y profesor Fernando Díez Moreno ofreció en el Casino de Salamanca su visión sobre el Humanismo Cristiano

Autor: Charo Alonso.
Tiene Fernando Díez Moreno el tono pausado y docente de quien sabe mucho de pactos y de clases, de erudición convertida en renglones doctos y plenos de sentido. Por eso su voz apenas resuena, calmada y segura, entre las doradas
columnas del Casino de Salamanca una tarde de viernes llena de sol y de verano incipiente marcada por la desaparición de un político crucial en nuestro tiempo, Rubalcaba.

Díez Moreno, como recuerda Alberto Estella, introductor del acto, no solo es un abogado del estado bregado en puestos de responsabilidad tan importantes como la Secretaría de Hacienda en tiempos del Euro y la de Defensa en los
convulsos años de la intervención en Irak. Es también un europeísta cuyo Manual de Derecho Comunitario se estudia en toda España, un profesor de la Universidad de Comillas entregado al compromiso, volcado en la escritura y con una vinculación a Salamanca que Estella recuerda con una sonrisa. No solo fue Díez Moreno el artífice de muchos convenios entre la ciudad y el Ministerio de Defensa, que dieron como resultado, por ejemplo, la celebración del Aniversario de la Batalla de los Arapiles, sino que está casado con una salmantina que le aproxima aún más a esta ciudad que, según las palabras de
Díez Moreno, fascinó al presidente Chirac en una de las cumbres hispano-galas que se celebraron en Salamanca y que dieron como fruto la designación de la misma como Ciudad de la Cultura Europea.

Una Salamanca a la que debe mucho, familiar y académicamente un hombre dedicado ahora a difundir la idea del Humanismo Cristiano, en tiempos convulsos en los que el recuerdo de Tomás Moro parece arrinconado.

Y lo decimos así porque el conferenciante, en ese silencio respetuoso que caracteriza a los actos del Casino, nos recuerda que las entradas en Google sobre el tema son infinitas, como varios son los tipos de Humanismo que se diferencian del
cristiano cuyas ideas básicas el profesor que siempre lo es, resume en diez puntos fundamentales.

Diez puntos que desgrana con la calma docta de quien está acostumbrado a las explicaciones, a la claridad meridiana de los textos jurídicos y a la convicción de quien quiere difundir sus ideas: El Humanismo Cristiano es el único que defiende que el hombre es un ser creado a la imagen de Dios y que tiene todos los derechos. La persona, por tanto, será la base de este ideario, una persona a la que también se refería un salmantino ilustre, padre del Derecho Internacional como es Francisco de Vitoria. Un hombre que vive en comunidad, un hombre libre, que debe seguir el precepto de los Derechos Humanos, así como la igualdad, la democracia, y todo en un estado de derecho donde el hombre político, para Díez Moreno, debe guiarse por el Bien Común.

Políticos que, para el autor, deben ser de probada honestidad, hombres ajenos a la dictadura de la imagen, ejemplares y apasionados por el ejercicio de la política. La ejemplaridad como valor de todo hombre público, fue un concepto que repitió Díez Moreno, convencido también de la necesidad de conocer la Doctrina Social de la Iglesia y de ser un hombre culto, educado en el conocimiento de la vida y con un sentido transcendente de la misma. Un hombre, en suma, que nos recuerda a los grandes humanistas del renacimiento, como Pico dellaMirandola, Luis Vives, hombres de estado que no temen mostrar ni sus convicciones ni sus ideas.

Ideas que Díez Moreno ha plasmado en su último libro, compuesto por 104 cartas, a la manera de los humanistas del Renacimiento, escritas durante dos años cada quince días y remitidas por email a sus muchos lectores. Un proyecto que, en su conjunto, constituye una respuesta a los actuales cuestionamientos políticos y morales y que, el autor comenta, muy breve y humildemente, al final de su intervención, lo que nos recuerda que no estamos ante una presentación de libro al uso. La obra, pretexto del encuentro, queda no relegada, pero sí convertida en piedra angular de su discurso, pero en la base del mismo, lo que nos afirma que la retórica no deja de ser un arte que no por escaso, es un valor que aún sabe hacerse valer y del que fue partícipe un público.

ya felizmente habituado al espléndido nivel de los conferenciantes de este espacio lleno de respeto por la palabra.