Humanismo y humanistas

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COMO CONCIBE EL HUMANISMO LA CULTURA

Se trata de explicar cómo concibe el humanismo la cultura. Una perspectiva que se aleja mucho de lo que ordinariamente se entiende por cultura.

Cuando hablamos de cultura solemos referirnos al patrimonio cultural de un país o continente, a los conocimientos científicos acumulados con el paso del tiempo, a la historia del pensamiento, a las obras de interés histórico-artístico, a las costumbres o a la historia de los pueblos, a la historia de sus instituciones. Al conocimiento de todo esto lo solemos llamar cultura, pero solamente es su aspecto exterior u objetivo.

También solemos hablar de cultura al referirnos a las organizaciones dedicadas a la conservación de bienes culturales o histórico-artísticos, o a la promoción de las bellas artes, o a la organización de eventos culturales. Como casi todo ello está subvencionado se habla de “cultura de la subvención”. Pero esta tampoco es la cultura que interesa al humanismo.

Existe otro sentido más profundo de la cultura.

Cultura es el cultivo del hombre, lo mismo que agricultura es el cultivo del campo. El cultivo del hombre es un largo empeño que se logra a través de la educación. Pero no la educación que se limita a transmitir datos. A esto se le llama “información”. Ya lo señaló uno de los primeros humanistas, Petrarca, cuando se preguntó de qué servía conocer la naturaleza y los instintos de los animales salvajes, si desconocíamos la naturaleza del hombre y el objetivo de su existencia.

Para el humanismo, la cultura es el conjunto de saberes que permite al hombre vivir dignamente como ser humano. ¿Cómo se desarrolla este proceso? Intentaremos resumirlo.

La parte del ser humano que no es cuerpo es el espíritu. El espíritu se compone de inteligencia, voluntad y capacidad de actuación.

A través de una inteligencia metódica llegamos a la “sabiduría”, que abarca tres áreas: 1) una visión general del mundo que dé respuesta a las preguntas básicas sobre el sentido de la vida, de dónde venimos, a dónde vamos, que es la felicidad, como afrontamos el dolor y la muerte; 2) una concreción de criterios morales que guíe la conducta y permita distinguir el bien del mal; y 3) un conocimiento de las cosas humanas, los comportamientos individuales y sociales y los sentimientos  para relacionarnos con los demás.

A través de una voluntad formada llegamos a la “virtud”, como la llamaban los clásicos, que abarca tres áreas: 1) la disciplina personal para llevar una conducta libre, consciente y racional; 2) la honestidad que nos inclina hacia la justicia y la honradez; y 3) la ordenación de los amores, amistades y afectos hacia personas y hacia ideales.

A través de la capacidad de actuar, se aprende a hacer cosas, a ejecutar proyectos y a sacar adelante las propuestas que nos imponemos, aprovechándonos de la experiencia de otros y aplicando nuestro propio ingenio.

Todos estos componentes del espíritu se acumulan formando parte esencia de la cultura. Dentro de ella se llaman “buenas artes” (para distinguirlas de las bellas artes, los oficios, las artes decorativas, los espectáculos o deportes) a aquellas que llevan a emplear con eficacia, dignidad y belleza los resortes de la vida humana. Estas buenas artes son como la musculatura del alma. En ellas se juega la calidad de la persona y su relación con la verdad, la belleza, el bien, la justicia y el amor.

Pero la cultura solo se mantiene viva si se encarna en las personas, no si se guarda en bibliotecas o se almacena en instrumentos informáticos (pen-drive, CD, DVD). Y por mucho que hoy se hable de “cultura de masas”, es lo cierto que el cultivo del espíritu es arte de pocos. Juan Ramón Jiménez hablaba de la “inmensa minoría”, porque aunque sean pocos su efecto multiplicador es inmenso.

Así pues, la cultura es un servicio a la sociedad que proporciona esa minoría. Es adquirir para después dar los bienes que nos hacen más humanos, manteniéndolos vivos, mejorándolos y transmitiéndolos a las siguientes generaciones.

El humanismo es un ideal de educación que cultiva las humanidades, es decir, aquellas artes y saberes que contribuyen a que el espíritu del hombre adquiera verdadera forma humana.

(Notas tomadas de “Humanismo. Los bienes culturales” de Juan Luis Laborda. Ed. Rialp. Madrid 2009)