Humanismo y humanistas

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EDITH STEIN (1891-1941)

1). Breves apuntes biográficos.

Edith Stein es el testimonio encarnado de cómo se lleva a cabo el itinerario que va de la razón a la fe sin proponérselo. Es el paradigma de las tres etapas de S. Buenaventura (valorar los vestigios de Dios en las cosas de la naturaleza; valorar dentro de nosotros lo que hay de imagen divina; elevarnos por encima de nosotros). Es también el ejemplo moderno de cómo, desde la filosofía más racionalista (la fenomenología) se puede llegar a la fe. Es el espejo para que se miren en el los Profesores que se extrañaban de que en Ratisbona hubiese dos Facultades de Teología

Fue por todo ello una humanista.

Algunos retazos de s u biografía a los fines de esta reseña.

De familia judía practicante, especialmente su madre, mostró indiferencia por los temas religiosos cuando se incorpora a la Universidad. A los 25 años es ayudante personal de E. Husserl, el filósofo más importante de la corriente fenomenológica. Husserl solo reconoce la razón natural como fuente filosófica del conocimiento; la fe es una instancia para la religión, pero no para la filosofía; la filosofía moderna, a diferencia de la medieval, traza los límites entre fe y filosofía reconociendo autonomía a la razón natural. La propia tesis doctoral de Edith Stein, que publica en 1917, lleva como tema “Sobre el problema de la empatía”.

Dentro del equipo de colaboradores de Husserl se encuentran Max Scheller (la primera tesis doctoral de Karol Wojtila pretendió aplicar al cristianismo la fenomenología de este), y Adolf Reinach, que tendrán gran influencia en E. Stein.

Edith Stein se convirtió al catolicismo, ingresó en el Carmelo adoptando el nombre de Sor Benedicta “en” Cruz, y murió en 1942, a los 51 años, en el campo de concentración de Auschwitz. Quiso morir con el pueblo judío al que pertenecía. Juan Pablo II la declaró Doctora de la Iglesia y la canonizó el 1 de mayo de 1987 en Colonia, a la vez como “confesora” (vida virtuosa y heroica) y como “martir” (muerte “in odium fidei”).

Dejó dicho en una de sus cartas: “Se que el Señor ha tomado mi vida para que no olvide jamás a la Reina Esther que fue arrebatada a los suyos con el solo fin de levantarse ante el Rey, en nombre de su pueblo. Yo soy la pobre y la pequeña Esther, débil como ella, pero el Rey que me ha escogido es infinitamente más grande y misericordioso”.

En la ceremonia de canonización, Juan Pablo II dijo de ella: “Su historia personal fue la síntesis de una historia más amplia, marcada por heridas profundas, heridas que todavía duelen, y por cuya curación, hombres y mujeres responsables han continuado trabajando hasta nuestros días. Pero su vida fue también una síntesis de la verdad perfecta del hombre, en un corazón que permanece impaciente e insatisfecho, hasta que finalmente encuentra la paz en Dios. Bendita sea Edith Stein, sor Benedicta en la Cruz, verdadera adoradora de Dios, en espíritu y en verdad. Ella forma parte de los elegidos”.

2). El camino de la razón a la fe.

De los apuntes que dejamos hechos sobre la biografía de Edith Stein, surge una primera constatación, y es la de que no pudo desenvolverse en un ambiente académico más racionalista, agnóstico e indiferente. Habría sido uno de aquellos profesores que se extrañaran de que en Ratisbona hubiese dos Facultades de Teología.

Pero es lo cierto que desde las posiciones filosóficas racionalistas, pasó a la fe, de la fe pasó a la profesión religiosa conventual, de ahí al martirio y del martirio a los altares. Es difícil no sentir curiosidad por saber cómo pudo ocurrir ello, y cuáles fueron las etapas de ese discurrir. Se tiene la ventaja de que los elementos para reconstruir ese itinerario son auténticos, es decir, son sus propios “Escritos autobiográficos”, o sus “Cartas”, o el contenido de su obra doctrinal, o los testimonios dejados por quienes la conocieron y la trataron.

1ª Etapa. El rigor intelectual.

Como buena filósofa Edith Stein buscaba la verdad y amaba la sabiduría. Parece que es lo normal entre los filósofos, pero no es así, porque hay quien rechaza la verdades de la fe sin siquiera indagar intelectualmente en ellas. El cristianismo tiene tal importancia en las historia del pensamiento que es lícito dudar del rigor intelectual de quienes lo rechazan sin molestarse en estudiarlo.

En sus “Escritos aubiográficos”, y hablando de uno de sus maestros, Max Schéller, dejó escrito:

“Era la época en que estaba repleto (Max Scheller) de ideas católicas y procuraba hacerlas propaganda con toda la brillantez de su intelecto y fuerza comunicadora. Fue mi primer contacto con un mundo hasta entonces desconocido para mí. No me condujo a la fe pero me abrió un ámbito de “fenómenos” ante los que no podía ya pasar de largo sin verlos… Cayeron las barreras de los prejuicios racionalistas en los que me había criado sin saberlo y, de pronto, tenía ante mí el mundo de la fe. Había personas con las que trataba a diario y a las que miraba con admiración, que vivían en el… Me conformé con aceptar sin resistencia las ideas que me llegaban de mi entorno y, así, sin darme cuenta, me fui transformando”.

 Elisabeth Otto en su libro “Mundo, persona, Dios. Investigación sobre el fundamento teológico de la mística Edith Stein”, da cuenta de la relación íntima que tuvo con Philomene Steiger, y reproduce el siguiente diálogo tenido entra ambas, que muchos años después de muerta aquella, hizo público esta:

Edith Stein: “Señorita Steiger, soy atea”.

Philomene Steiger: “No, no lo es, doctora Stein. Usted es una buscadora”

E.S.: “Yo no quiero creer. Yo quiero saber”.

P.S.: “No sé si sabe lo que es un Convento carmelita, Doctora Stein. Pues Elías fue su fundador. Camino del monte Horeb fundó una vida eremítica que fue un modelo de los conventos carmelitas. Lo principal era aceptar humildemente la verdad revelada. Buscó esa unión con Dios y con el espíritu de Dios que sale del desierto o de la soledad”

E.S.: “Sí, pero ¿cómo se hace para creer todo eso e interiorizarlo tanto?

P.S.: “El hombre no es solo biología. Lo que tiene que ser dominante de nuestra existencia no es lo trivial, lo biológico, el cuerpo, sino el Espíritu dentro de nosotros. Rece para que el Espíritu Santo también venga sobre usted”.

E.S.: “Sí, ¿y cómo se hace eso?

P. S.: “Desde entonces rezo todas las noches: <Espíritu Santo, desciende sobre mi, ilumíname, quiero seguirte. Amén”.

Es posible que de estas conversaciones naciera el interés de Edith Stein por el Carmelo.

En  una carta a un gran amigo y compañero académico, Roman Ingardee, le responde así a la referencia que este hace al “aparato dogmático ideado para la dominación de las masas”:

“¿Y se ha planteado la pregunta de cómo se explica que hombres como Agustín, Anselmo de Canterbury, Buenaventura, Tomás (por no hablar de los muchos miles cuyos nombres son desconocidos al profano, pero que fueron, o son, sin duda, tan inteligentes como nosotros, que nos tenemos por tan ilustres), como se explica que estos hombres hayan visto en el despreciable dogma lo más alto a lo que puede llegar el espíritu humano y lo único que merece que se le entregue la vida? ¿Con que derecho puede tratar de tontos o astutos embaucadores a los grandes maestro y santos de la Iglesia? Levantar semejantes sospechas como las que contienen sus palabras solo se puede hacer después examinar atentísimamente todos los hechos que entran en consideración”.

En estos testimonios están claramente prefigurados los pasos que en esta primera etapa, dio Edith Stein, a saber:

-  La ausencia de prejuicios. Es la marca del verdadero intelectual.

- El testimonio de personas creyentes a las que se aprecia. (¡Que importante es el testimonio aunque no lleguemos a conocer sus consecuencias en otros!).

- El relativizar los esquemas de pensamiento para no ser esclavo de ellos.

2ª Etapa. La búsqueda de la verdad.

Su amiga Philomene Steiger le había dicho a Edith Sein que no era atea, sino “buscadora”. Y era cierto. Era una buscadora de la verdad desde su condición esencial de filósofa. En su libro “Mundo y persona” reconoce que  de sus lecturas de Santa Teresa de Jesús, extraía la sensación de que la verdad se manifestaba en la veracidad con la que contaba las cosas, así como en el profundo examen que hacía de su vida interior. La credibilidad que emanaba de Santa Teresa radicaba en la riqueza de la propia vida interior, que alcanzaba los niveles más altos de la mística; en la singular capacidad para dar cuenta de los procesos que se desarrollaban en su interior; en la capacidad de expresar lo inefable de manera clara y asequible y con el sello de absoluta veracidad; y en la fuerza de descubrir la cohesión íntima de hechos sueltos hasta configurar una obra de  arte cerrada.

Su pasión por la verdad le lleva a traducir “De veritate” de Santo Tomás de Aquino, y a intentar aproximar la filosofía moderna y el pensamiento cristiano en la cuestión de la verdad. Para ello sostiene que el conocimiento actual presenta varias formas: un movimiento hacia el conocimiento, empeño gradual, proceso lógico, que Santo Tomás llama “ratio”; y una contemplación quieta, intuición, comprensión de la verdad con una mirada.

En Edith Stein se produce una especie de síntesis entre S. Buenaventura y Santo Tomás, en el sentido de que mientras el místico franciscano decía que la relación de Dios y el hombre es esencialmente una historia de amor, patrón y tipo de todas las historias de amor; el racionalista dominico sostenía que el intelecto se encuentra en su casa en lo más elevado de los cielos, y que el apetito por la verdad puede sobrevivir a todos los apetitos más romos del hombre, y hasta devorarlos.

La forma del conocimiento humano, para Edith, es la “ratio”, el proceso gradual y racional. Pero hay una forma más alta del conocimiento humano que es la manera  de conocer los espíritus superiores, que tiende a la contemplación quieta, que parte del conocimiento de los principios, que está motivado por un “chispazo” primero de la verdad que quiere ser buscada y desarrollada, por un “anticipo” momentáneo de la contemplación. Con el “chispazo” el entendimiento recibe pasivamente algo que se pone en marcha con el concurso de la voluntad. Es un regalo que la actividad natural del entendimiento no puede conquistar por si misma.

V. Ranff lo expresó de otra manera al describir el proceso interior de Edith Stein diciendo que “el reconocimiento de la verdad última en la fe, y la “intuición” como un relámpago de la verdad, de la búsqueda del Dios de Santa Teresa, conduce a Edith Stein a buscar la verdad más profunda en la contemplación de Dios”.

 3ª Etapa. El “chispazo”.

En 1917 muere Adolf Reinach, y Husserl encarga a Edith ordenar sus papeles inéditos y su legado intelectual. El encuentro con su viuda, profundamente católica, le descubre la fuerza de la fe cristiana en la Resurrección: “fue mi primer encuentro con la Cruz y con la fuerza divina que da a quienes la llevan. Por primera vez veía palpablemente ante mí a la Iglesia nacida de la pasión redentora de Cristo en su victoria sobre el aguijón de la muerte. Fue el momento en que se derrumbó mi incredulidad, el judaísmo palideció y brilló Cristo: Cristo en el misterio de la Cruz”.

El verano de 1921 Edith Stein lo pasa en casa de Hedwig Conrad-Martius, una alumna de Husserl que se entendía muy bien con Edith. El matrimonio Conrad-Martius solía invitar a una plantación de frutales que tenía en el Palatinado a los amigos “fenomenológicos” a pasar largas temporadas. Según cuenta la propia Edith a su amigo Roman Ingardee, una tarde de agosto, mientras esperaba la llegada del matrimonio tomó de la biblioteca el “Libro de la vida” de Santa Teresa y lo leyó en una noche. Al terminar exclamo: “¡Esto es la verdad!”

Había encontrado una verdad más profunda. No la verdad de la filosofía, sino la verdad en persona, en la persona amante de Dios. Había pasado su vida buscando la verdad para al final encontrar a Dios.

En otra carta que le dirige a Ingarden el 8 de noviembre de 1927, y en la que le habla del significado interior de la conversión, le dice que:

“fue decisivo (para llegara a la fe) el suceder real –no el <sentimiento>- de la mano de la imagen concreta del cristianismo en testigos elocuentes como Agustín, Francisco, Teresa. ¿Cómo describirle en pocas palabras el cuadro de ese <suceder real>? Es un mundo infinito, completamente nuevo, que se abre al empezar a vivir hacia dentro en lugar de hacia fuera. Todas las realidades con las que se tenía que ver hasta el momento se hacen transparentes, y se hacen perceptibles las fuerzas que llevan y mueven auténticamente. ¡Qué irrelevantes se ven los conflictos en los que estaba metida antes! ¡Y qué plenitud de vida, con dolores y dichas que el mundo terreno no conoce y no puede concebir, abarca un solo  día, aparentemente vacío de la existencia humana!”.

 Días más tarde le explicaría con más detalle la experiencia religiosa:

“No hace falta dar en el transcurso de la vida con una justificación de la experiencia religiosa. Pero sí hace falta decidirse por Dios o contra Él .Esto es lo que se nos exige: decidirnos sin certificado de garantía. Esta es la gran osadía de la fe. El itinerario va de la  fe a la visión  y no al revés. Quien es demasiado orgulloso para pasar por esa portezuela no entra. Pero el que pasa consigue ya en esta vida una claridad cada vez mayor y experimenta lo justificado del <credo ut intelligam>”.

4ª Etapa. La consolidación.

A partir del momento en que ha alcanzado la certeza de la verdad, toda su capacidad de creación filosófica se vuelca desde esa nueva perspectiva. Así, para ella la fe tiene un doble significado para la filosofía. Por un lado, si la fe accede a verdades que no se pueden alcanzar por otro camino, la filosofía no puede reconocer estas verdades sin renunciar a su pretensión de verdad universal, y, aún más, sin exponerse al riesgo de que se le introduzca el error en la parte de conocimiento que sí corresponde a la filosofía, porque por la interdependencia orgánica de la verdad, todo aspecto parcial de ella puede quedar mal iluminado si se corta la conexión con el conjunto.

Y, por otro lado, si la propia fe es la certeza más alta que puede lograr el hombre, y si la filosofía pretende alcanzar la mayor certeza alcanzable, tiene que apropiarse de la fe, lo que sucede cuando acepta en si las verdades de la fe, más aún, midiendo todas las demás verdades como criterio último.

Para Edith Stein, la fe puede abrir nuevos conceptos a la filosofía, es decir,  a la razón, como sucedió en la tradición cristiana con los conceptos de “creación” y “persona”. El hombre no puede lograr por sus propias fuerzas un conocimiento último. La filosofía, es decir, la razón, debe aceptar la fe y la teología como autoridad sobre lo divino, de manera análoga a como recibe de las ciencias empíricas los conocimientos de la naturaleza. De esta manera, la filosofía debe completarse con la teología sin convertirse en ella.

3). Apunte bibliográfico.

Los aspectos biográficos, y en especial las circunstancias que concurrieron en la canonización de Edith Stein, pueden consultarse en G. Weigel: “Jean Paul II. Temoin de l´esperance”. Editorial JC Lattès. 1999, pags. 656 y ss. Sobre las tres etapas en San Buenaventura, vease G. Reale: “Historia del pensamiento filosófico y científico”, tomo I, pags. 502 y ss. Ed. Herder, 1987. Y también en R. Gambra: “Historia sencilla de la Filosofía”, pag. 160. Ed. Rialp. 1974. La comparación entre S. Buenaventura y Santo Tomás respecto a la búsqueda de la verdad está tomada de G. K. Chesterton: “San Francisco de Asis”. Pag. 175, Ed. “Biblioteca Homo-Legens”, 2006. La biografía intelectual está insuperablemente tratada en Viki Ranff: “Edith Stein. En busca de la verdad”. Ediciones Biblioteca-Palabra, nº 29. En este libro se contiene un amplio apartado de bibliografía en alemán y en castellano, entre la que se cita el libro de Elisabeth Otto “Mundo, persona, Dios”. Existen las “Obras Completas de Edith Stein publicadas conjuntamente por las Editoriales Monte Carmeno, El Carmen y Espiritualidad. Recientemente la Editorial Palabra ha publicado una excelente biografía titulada “Edith Stein, hija de Israel y de la Iglesia” de Francesco Salvarini (2012)