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EL HUMANISMO CRISTIANO BORGOÑÉS

Estamos habituados a hablar del humanismo que nace con el Renacimiento italiano, pero solemos olvidar el humanismo borgoñés, que, como veremos, tiene aún más importancia para el humanismo cristiano. Anticipando la conclusión: mientras el humanismo que nace del Renacimiento italiano se basa en el “renacer” de la cultura greco-romana, el humanismo borgoñés se basa en un Renacimiento más interesado en el diálogo con la propia tradición cristiana.

¿Qué era Borgoña? Principalmente, los Países Bajos (Holanda con Flandes) y la Bélgica actuales. Además, Boulogne, Picardía, Nevers, Charolais y parte de la provincia denominada Borgoña, hasta que en 1477 pasaron a Francia y no se integraron en el Imperio de los Habsburgo. La integración de Borgoña en este Imperio era esencial, a pesar de tratarse de un Estado heterogéneo y geográficamente difícil, pues se extendía desde Flandes y Holanda hasta las fronteras del Palatinado alemán y suizo, incluyendo Artois, Hainut, Brabante, Luxemburgo, el Franco Condado y otros territorios. El en siglo XV era el Estado más rico de Europa.

El Ducado de Borgoña se había incorporado al Imperio de los Habsburgo como consecuencia del matrimonio en 1477 de Maximiliano I (abuelo de Carlos V) con María de Borgoña, hija y heredera de Carlos el Temerario, último Duque independiente de Borgoña. La influencia “borgoñona” en los primeros Austrias en España (Carlos V y Felipe II) fue notoria. Carlos V, la consideraba su patria y a los siete años (en 1507) era Duque de Borgoña, su primer título. Felipe II fue Gobernador de Borgoña antes de serlo de España y llegó a reunir en El Escorial hasta 220 pinturas flamencas, de las cuales 33 eran de El Bosco.

El éxito de Borgoña entre 1363 y 1477 fue el triunfo de una brillante construcción institucional (corte, cámaras, administración, sistema judicial, burocracia profesional, finanzas, ejército), alentada por el pragmatismo, voluntad de poder y eficacia en la gestión de los duques y sus colaboradores (aristocracia, juristas, oficiales, etc.). El fasto de la corte de Borgoña (ceremonial, fiestas, justas, banquetes, Orden del Toisón de Oro), el mecenazgo artísticos de los duques, la exaltación de ideales cristianos que Borgoña asumió (los duques como “príncipes de la cristiandad), eran ejercicios calculados, insólitos en su tiempo, de propaganda política al servicio, como la diplomacia o la guerra, de un objetivo permanente: afirmar la independencia del Estado borgoñón frente a Francia y frente al Sacro Imperio germánico.

El matrimonio entre Maximiliano I de Austria y María de Borgoña, respondió a la misma idea: salvar la herencia borgoñona frente a Francia mediante una alianza con la casa de Habsburgo. Maximiliano I estaba imbuido de la idea, casi mesiánica, de reconstruir el Sacro Imperio como una Monarquía cristiana universal. Aquel matrimonio supuso la disolución de Borgoña en el Imperio, incluso el nombre se iría diluyendo a favor del de “Países Bajos”. Pero no se diluyó su herencia, entre otras razones por la fascinación que produjo en Maximiliano I y en su nieto Carlos V su esplendor borgoñón, su valor económico y su importancia estratégica.

¿En qué consistía la herencia borgoñona? En la importancia y desarrollo excepcional del arte flamígero urbano (arquitectura religiosa como las iglesias de Malinas y Amberes, y arquitectura civil como los Ayuntamientos de Lovaina y Bruselas); la importancia de la pintura flamenca (van Eyck, van der Weyden, Memling, Bouts, El Bosco, Patinir, Metsys, Bruegel el Viejo); el esplendor de la escultura (Claus Sluter  y Claus de Werve); la maestría de su música polifónica (Johannes Ockeghem, Josquin Desprez); el lujo de la corte (tapicería, orfebrería, muebles, decoración). Todo ello parecía reflejar una sociedad que hacía de la belleza y el gusto ideales de civilidad y vida colectiva.

Esta herencia cultural no podía estar desconectada de la vida espiritual para conformar los dos polos del humanismo cristiano. Así, como en todo el siglo XV hubo tensiones e impulsos nuevos y contradictorios. En ellos cabe destacar el movimiento de la “devotio moderna” iniciado por Gerard Groot, que expresaba una nueva espiritualidad que para muchos cristianos daba razón de su fe (y no la teología erudita o la palabra del Papa). Estos movimientos postulaban la reforma del clero y de la Iglesia y entendían el cristianismo como una manifestación de profunda espiritualidad interior inspirada en el mensaje bíblico.

La mejor expresión sería el libro “La imitación de Cristo” de Thomas Kempis, en el que propone un ideal de vida humilde, sencilla, sin vanidad, de obediencia y bondad. Es una exhortación a la vida interior, al silencio y la soledad, a la limpieza y pureza de corazón; es un llamamiento a seguir la imagen y el ejemplo de Jesús, a llevar la cruz; es una apología de la humildad y la devoción como formas de consolación interior; es también una invitación a una espiritualidad encarnada de  forma especial e inequívoca en la práctica de la comunión. Fue en su tiempo el libro más editado después de la Biblia.

En definitiva, dentro del fenómeno general del Renacimiento, Borgoña encarnó una vía propia hacia la modernidad, que no miraba al mundo clásico greco-romano sino a la propia moralidad cristiana: paisajes místicos, representaciones del paraíso y del infierno, la pasión de Cristo, la salvación o la condenación del hombre.

Todo lo anterior justifica que podamos hablar con todo rigor y propiedad de un humanismo cristiano borgoñés.

[1] Tomado de “Historia del mundo y del arte en occidente (siglos XII a XXI)”, de F. Calvo Serraller y J. P. Fusi. Ed. Galaxia Gutenberg, 2014, pags. 94 y ss.