Humanismo y humanistas

Volver a humanismo y humanistas

LA CONSIDERACIÓN DEL COSMOS EN LA LITURGIA DE LAS HORAS.

Por Fernando Díez Moreno.

SUMARIO. I. Planteamiento. II. El amanecer y el anochecer. III. El cosmos y el hombre. IV. Dios, creador del universo y de lo que hay en él.

I.       Planteamiento.

  1. Es sabido que los sacerdotes y los religiosos tienen un mandato preciso de celebrar la Liturgia de la Horas, pero tal práctica se encomienda, también encarecidamente, a los laicos. De esa liturgia forman parte los Salmos y Cánticos que se contienen en las oraciones de Laudes y de Vísperas.

En el último ciclo de sus homilías catequéticas, Juan Pablo II abordó los comentarios a los Salmos que se mencionan en la Liturgia de la Horas. Así, desde el 28 de marzo de 2001 al 1 de octubre de 2003, (87 homilías), se refirió a los Salmos y Cánticos contenidos en la oración matutina de Laudes. El 8 de octubre de 2003 comenzó la catequesis sobre la liturgia de las Vísperas, comentando los Salmos y Cánticos que se mencionan en esta oración. La última de las homilías la pronunció el 26 de enero de 2005. Fueron 44 homilías que su salud y su muerte le impidieron continuar.

3. Pero para sorpresa y alegría de todos, Benedicto XVI decidió continuar con el programa de homilías catequéticas de su predecesor. Y así, en la primera comparecencia de las audiencias de los miércoles, el 27 de abril de 2005, antes de que transcurriera un mes de haber fallecido Juan Pablo II, anunció que reanudaría en las catequesis el comentario a los salmos y cánticos que componen la oración de Vísperas. Y así lo hizo, pues una semana más tarde, el 4 de mayo de 2005, pronunciaba la primera de ellas comentando el Salmo 120, y confesando humildemente que lo hacía “utilizando los textos preparados por mi querido predecesor, el Papa Juan Pablo II”. EI 15 de febrero de 2006, comentó el “Magníficat”, el canto de la Virgen María, y anunció que:

“Hemos llegado al final del largo itinerario comenzado precisamente hace cinco años por mi querido predecesor, el inolvidable Papa Juan Pablo II. El gran Papa quiso recorrer en sus catequesis toda la secuencia de los salmos y cánticos que constituyen el tejido de la oración fundamental de la Liturgia de la Horas y de las Vísperas. Al llegar al final de esta peregrinación a través de los textos, como un viaje por el jardín florido de la alabanza, de la invocación, de la oración y de la contemplación, dejamos ahora espacio a ese espacio que sella toda la celebración de las Vísperas, el “Magnificat”.

4. Nos proponemos en  la presente comunicación rastrear a través de los Salmos y Cánticos que se rezan en las oraciones de Laudes y Vísperas las menciones y el significado que se da al “cosmos” entendido en su sentido y significado primigenio y etimológico, como el orden natural de la creación.

II). El amanecer y el anochecer.

5. Tal vez no haya acontecimientos más naturales para contemplar el orden del universo que el amanecer y el anochecer, por muy cotidianos que sean y por muy acostumbrados que estemos a vivirlos. La mejor y más autorizada biografía que se ha escrito sobre Juan Pablo II, y el resumen de su doctrina con el rigor más exigente, es la escrita por George Weigel[1].  Al final del libro se cuenta una anécdota según la cual el Papa invitó a un matrimonio amigo polaco a pasar unos días con él en la residencia veraniega de Castengandolfo. La habitación de invitados que ocupaban estaba debajo de la del propio Pontífice, y consciente este de que sus limitaciones físicas originaban ruidos que molestarían a los invitados del piso inferior, les pidió perdón. Los invitados respondieron que no les molestaba porque se levantaban muy temprano, y, precisamente lo que les sorprendía, y por ello le preguntaron, era porqué también el Papa se levantaba tan temprano. Y el libro termina[2] diciendo que el 264º Obispo de Roma contesto: “porque me gusta ver salir el sol”.

6.  Cuando Juan Pablo II comenzó el ciclo catequético para comentar los Salmos en la oración de Vísperas el 8 de octubre de 2004, casi en los umbrales de su muerte, y con un indudable significado premonitorio, dijo:

“El surgir del sol y su ocaso no son momentos anónimos de la jornada. Tienen una fisonomía inconfundible: la belleza gozosa de una aurora y el esplendor triunfal de un ocaso marcan los ritmos del universo, en los que están profundamente implicada la vida del hombre. Además el misterio de la salvación, que se realiza en la historia, tiene sus momentos vinculados a fases diversas del tiempo. Por eso, juntamente con la celebración de “Laudes” al inicio de la jornada, se ha consolidado progresivamente en la Iglesia la celebración de las “Vísperas” al caer la tarde. Ambas “Horas Litúrgicas” poseen su propia carga evocativa, que recuerda los dos aspectos esenciales del misterio pascual”[3].

7. Las dos Horas litúrgicas, Laudes y Vísperas, precisamente por estar vin­culadas al recuerdo de la muerte y la resurrección de Cristo, constituyen, «según la venerable tradición de la Iglesia universal, el doble eje del Oficio diario»[4]. No puede dejar de sorprender esta vinculación del amanecer y del atardecer que todos vivimos con tanta naturalidad. Y tampoco deja de sorprender que, efectivamente, sea una “venerable tradición de la Iglesia Universal”. En efecto, recuerda el Papa en esta homilía de 8 de octubre de 2004 que en la antigüedad, después de la puesta del sol, al encenderse los candiles en las casas se producía un ambiente de alegría y comunión. También la comunidad cristiana, cuando encendía la lámpara al caer la tarde, invocaba con gratitud el don de la luz es­piritual. Se trataba del “lucernario”, es decir, el encendido ritual de la lámpara, cuya llama es símbolo de Cristo, «Sol sin ocaso».

Añade que al oscurecer, los cristianos saben que Dios ilumina también la noche oscura con el resplandor de su presencia y con la luz de sus enseñanzas:

“Conviene recordar, a este propósito, el antiquísimo himno del lucernario, llamado “Fós hilarón”, acogido en la liturgia bizantina armenia y etiópica: <¡Oh luz gozosa de la santa gloria del Padre celeste e inmortal, santo y feliz, Jesucristo! Al llegar al ocaso del sol y, viendo la luz vespertina, alabamos a Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es digno cantarte en todo tiempo con voces armoniosas, oh Hijo de Dios, que nos das la vi­da: por eso, el universo proclama tu gloria>. También Occidente ha compuesto muchos himnos para celebrar a Cristo luz”.

8. De esta venerable tradición de la Iglesia Universal participa San Agustín, uno de los principales comentaristas de los Salmos, quien dijo que: “por la tarde el Señor está en la Cruz, por la mañana resucita… Por la tarde yo narro los sufrimientos que padeció en su muerte, por la mañana anuncio la vida de Él, que resucita”[5]. Por otra parte, inspirándose en el simbolismo de la luz, la oración de las Vís­peras se ha desarrollado como sacrificio vespertino de alabanza y acción de gracias por el don de la luz física y espiritual, y por los demás dones de la creación y la redención. San Cipriano es­cribe: «Al caer el sol y morir el día, se debe necesariamente orar de nuevo. En efecto, ya que Cristo es el sol verdadero, al ocaso del sol y del día de este mundo oramos y pedimos que venga de nuevo sobre nosotros la luz e invocamos la venida de Cristo, que nos traerá la gracia de la luz eterna»[6].

9. Aquella homilía inicial del ciclo catequético de 8 de octubre de 2004, terminó con estas bellísimas palabras:

“Por eso, los dos ejes de la oración diaria conservan todo su va­lor, ya que están vinculados a fenómenos inmutables y a simbo­lismos inmediatos. La mañana y la tarde constituyen momentos siempre oportunos para dedicarse a la oración, tanto de forma comunitaria como individual. Las Horas de Laudes y Vísperas, unidas a momentos importantes de nuestra vida y actividad, se presentan como un medio eficaz para orientar nuestro camino diario y dirigirlo hacia Cristo, “luz del mundo”[7].

10. Además de San Agustín y San Cipriano, también San Bernardo de Claraval, uno de los místicos más representativos del monacato medieval, forma parte de aquella venerable tradición. Comentando[8] el Cántico de Ezequías, Rey de Judá[9], aplica a la vida de cada uno el drama vivido por este Rey, interiorizando su contenido, y dice:

“Bendeciré al Señor en todo tiempo, es decir, de la mañana a la noche, como he aprendido a hacer, y no como los que te alaban cuando les haces bien, ni como los que creen durante cierto tiempo, pero en la hora de la tentación  sucumben; al contrario, como los santos diré: si de la mano de Dios hemos recibido el bien, ¿porqué no debemos también aceptar el mal? Así, estos dos momentos del día serán un tiempo de servicio a Dios, pues en la tarde habrá llanto y en la mañana, alegría. Me sumergiré en el dolor por la tarde para poder gozar por la alegría por la mañana”[10].

11. En el Salmo 29 se eleva una acción de gracias por la liberación de la muerte[11]

 me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos,   

dad gracias a su nombre santo;                                       

su cólera dura un instante;                                             

su bondad, de por vida;            

al atardecer nos invita el llanto;

por la mañana, el júbilo.

12. Lo interpreta Juan Pablo II[12] como una intensa y suave acción de gracias que se eleva a Dios desde el corazón de quien reza, después de desvanecerse en él la pesadilla de la muerte. Este himno de gratitud posee una gran fineza literaria y se basa en una serie de contrastes que expresan de manera simbólica la liberación obtenida gracias al Señor. De este modo, al descenso «a la fosa» se le opone la salida «del abismo»; a su «cólera» que «dura un instante» le sustituye «su bondad de por vida»; al «lloro» del atardecer le sigue el «júbilo» de la mañana; al «luto» le sigue la «danza», al «sayal» luctuoso el «vestido de fiesta». Pasada, por tanto, la noche de la muerte, surge la aurora del nuevo día. Por este motivo, la tradición cristiana ha visto este Salmo como un canto pascual.

13. Encontramos otra referencia a esta consideración del amanecer y el anochecer en el Salmo 45: “Teniendo a Dios en medio, no vacila; Dios lo socorre al despuntar la aurora”[13]. La tradición cristiana ha ensalzado con este Salmo a Cristo, «nuestra paz»[14] y nuestro liberador del mal a través de su muerte y resurrección. Juan Pablo II en la homilía pronunciada el 16 de junio de 2004[15] recogió el comentario cristológico de san Ambrosio al versículo 6. El Padre de la Iglesia, dice el Papa, percibe en él una alusión profética a la resurrección. De hecho, explica:

«la resurrección matutina nos procura la ayuda celeste. Habiendo rechazado la noche, nos ha traído el día, como dice la Escritura: “¡Despierta, álzate y sal de entre los muertos! Y resplandecerá en ti la luz de Cristo”. ¡Observa el sentido místico! En el atardecer tuvo lugar la pasión de Cristo… En la aurora la resurrección … En el atardecer del mundo es asesinado, cuando fenece la luz, pues este mundo yacía en tinieblas y hubiera quedado sumergido en el horror de tinieblas todavía más oscuras si no hubiera venido del cielo Cristo, luz de eternidad, para volver la edad de la inocencia al género humano. El Señor Jesús sufrió, por tanto, y con su sangre perdonó nuestros pecados, refulgió la luz con la conciencia más limpia y brilló el día de una gracia espiritual”[16].

14. Por último, en el Salmo 112 se resalta la benignidad de Dios para con los hombres:                           …

Bendito sea el nombre del Señor,

ahora y por siempre:                                                       

de la salida del sol hasta su ocaso,

alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,

su gloria sobre los cielos.                

¿Quién como el Señor, Dios nuestro,

que se eleva en su trono

y se abaja para mirar

al cielo y a la tierra?                        

15. Benedicto XVI comentó este Salmo[17] destacando que a través de un movimiento hacia lo alto, el Salmo nos conduce al misterio divino. Después, la segunda parte, celebra la trascendencia del Señor, descrita con imágenes verticales que superan el simple horizonte humano. Se proclama: el Señor «se eleva sobre todos los pueblos», «se eleva en su trono» y nadie puede estar a su nivel; incluso para ver los cielos «se abaja», pues «su gloria está sobre los cielos». La mirada divina se dirige a toda la realidad, a los seres terrestres y a los celestiales. Sin embargo, sus ojos no son altaneros o distantes, como los de un frío emperador. El Señor, dice el salmista, «se abaja para mirar».

16. Así pues, el anochecer y el amanecer ya no deben ser para nosotros un mero fenómeno cósmico repetido a diario según la ley inexorable e irrefragable de la naturaleza, sino que podemos darle un hondo significado cristiano que nos proporcione un contenido más rico y profundo a esos momentos.

III. El cosmos y el hombre.

17.  La contraposición del hombre frente al cosmos ha sido una constante en la historia del pensamiento, bien para destacar que el hombre es el único animal que habla (inteligente), bien para enfrentar su pequeñez a la grandeza cósmica, bien para intentar aplicar al comportamiento humano la inevitabilidad de la ley natural, o bien para reconocer exclusivamente la inmanencia derivada  de la materia sensible o admitir la trascendencia derivada del espíritu.

18. Los Salmos de la Liturgia de las Horas, no podían ser ajenos a esta contraposición, más aún, actuaron como pioneros en el planteamiento, como lo prueba el Salmo 8 de manera irrefutable:

“Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,

la luna y las estrellas que has creado,                            

¿qué es el hombre para que te acuerdes de él,

el ser humano para darle poder?”[18]                         

19. Se trata de un comentario poético del relato de la creación del hombre, elevando el pensamiento del salmista hasta el Hombre que es Jesucristo[19].

20. En el mes de julio de 1969, el Papa Pablo VI envió este Salmo a los astronautas americanos que iniciaban el primer viaje del hombre a la luna, diciéndoles: “El hombre… se nos revela como centro de esta empresa. Se nos revela gigante, se nos revela divino, no en sí mismo, sino en su principio y en su destino. Honremos al hombre, a su dignidad, a su espíritu, a su vida”[20]. Se trata por tanto de un homenaje al hombre que se ve una criatura insignificante comparada con la inmensidad del universo, o como diría Blas Pascal[21], una “caña frágil”. Porque el hombre, dice la constitución pastoral “Gaudium et spes”[22], ha sido creado “a imagen de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador, y ha sido constituido por Él, señor de todas las criaturas terrenas, para regirlas y servirse de ellas glorificando a Dios.

21. El Papa Juan Pablo II en sus homilías catequéticas, comentando los Salmos de la oración de Laudes, dedicó dos intervenciones a explicar este salmo[23]. En ellas destaca que, en un primer momento, el hombre parece anulado ante la inmensidad de los cielos y la majestad del Creador, que ha creado la luna y las estrellas “obra de tus dedos” (hermosa expresión que se usa en vez de la más común “obra de tus manos”), “con la facilidad y la finura de un recamado o de un cincel, con el toque leve de un arpista que desliza sus dedos entre las cuerdas”[24], como para indicar que el Creador “ha trazado un plan o elaborado,  un bordado con los astros esplendorosos, situados en la inmensidad del cosmos”.

22. Sin embargo, inmediatamente, el Salmo pone al hombre en el lugar querido por Dios:

“Abajaste al hombre un  poco con respecto a los ángeles,

le has coronado de gloria y honor,                                              

le diste el señorío sobre la obra de tus manos                

todo lo has puesto debajo de sus pies”[25].

Estos versículos son desarrollados por el Papa[26] diciendo que el horizonte de la soberanía del hombre sobre las demás criaturas se especifica casi evocando la página inicial del Génesis: rebaños de ovejas y toros, bestias del campo, aves del cielo y peces de mar[27].

23. El Salmo impulsa a tomar conciencia de nuestra grandeza, pero también de nuestra responsabilidad. Es un dominio que Dios regala a las manos frágiles y a veces egoístas del hombre para que conserve su armonía y belleza, para que las use y no abuse de ellas, para que descubra sus secretos y desarrolle sus potencialidades. Pero por desgracia, el dominio del hombre puede ser mal entendido y deformado, actuando como un tirano loco, más que como un gobernante sabio e inteligente. La historia documenta el mal que la libertad humana esparce en el mundo con las devastaciones medioambientales y con las injusticias sociales más clamorosas.

24. Ya en el Antiguo Testamento se ponía en guardia contra estas desviaciones. Y así el libro de la Sabiduría[28] precisa que “Dios formó al hombre para que dominase sobre los seres creados… y administrase el mundo con santidad y justicia”. También en el libro de Job[29] se recuerda que la debilidad humana no merece tanta atención por parte de Dios: “¿Qué es el hombre para que tanto de él te ocupes, para que pongas en él tu corazón, para que lo escrutes todas las mañanas?”.

25. Pero es en la Carta a los Hebreos donde se hace una interpretación más profunda del plan de Dios para el hombre, que se deriva del Salmo 8. Entiende que la vocación del hombre no queda limitada a la vida en la tierra. Cuando el Salmo dice que “todo los has puesto debajo de sus pies”, ese “todo”  quiere decir también el mundo futuro, es decir, que la vocación del hombre es una vocación celestial, que encuentra su primera realización en Cristo. De esta forma, según la Carta a los Hebreos, las expresiones del Salmo se aplican a Cristo de modo privilegiado, de un modo más preciso que a los demás hombres. Así cuando el salmista utiliza el verbo “abajar”, no se está refiriendo a los hombres que no han sido “abajados” con respecto a los ángeles, pues nunca estuvieron por encima de ellos, sino que se está refiriendo a Cristo que encontrándose por encima de los ángeles se “abajó” al hacerse hombre, y luego fue coronado de gloria en su resurrección.

26. Uno de los Padres de la Iglesia que han comentado los Salmos, San Ambrosio[30], interpreta el versículo “le has coronado de gloria y honor” diciendo que esa coronación es el premio que el Señor nos reserva para cuando hayamos superado la prueba de la tentación: “El Señor coronó a su hijo predilecto también de gloria y dignidad. El mismo Dios que desea conceder coronas, proporciona las tentaciones; por eso, has de saber que, cuando eres tentado, se te prepara una corona. Si se eliminan las pruebas de los mártires, se eliminan también sus coronas; si se eliminan sus suplicios, se eliminan también su bienaventuranza”.

27. Finalmente, esta contraposición del hombre con el universo fue tema predilecto del humanismo renacentista. Baste citar el discurso que Pico de la Mirandola pone en boca del mismo Dios dirigido al hombre recién creado[31]:

“No te he dado, oh Adán, un lugar determinado, ni un aspecto propio, ni una prerrogativa específica, para que de acuerdo con tu deseo y opinión obtengas y conserves el lugar, el aspecto y las prerrogativas que prefieras. La limitada naturaleza de los astros se haya limitada por las leyes prescritas por mí. Tú determinará tu naturaleza sin verte constreñido por ninguna barrera, según tu arbitrio, a cuya potestad te he entregado. Te coloqué en el medio del mundo para que, desde allí, pudieses elegir mejor todo lo que hay en él. No te he hecho ni celestial ni terreno, ni mortal ni inmortal, para que por ti mismo, como libre y soberano artífice, te plasmes y te esculpas de la forma que elijas. Podrás degenerar en aquellas cosas inferiores, que son los irracionales; podrás, de acuerdo con tu voluntad, regenerarte en las cosa superiores que son divinas”.

Dios, creador del universo y de lo que hay en él.

28. Otras menciones al universo, o a los planetas, o al normal desarrollo de la vida en la naturaleza, o a Dios como rey del Universo, se contienen en Salmos cuya finalidad puede ser distinta. Así ocurre con el Salmo 71, que pretende ensalzar la virtud de la justicia del rey Mesías[32]:

Que los montes traigan paz,

y los collados justicia;                     

que él defienda a los humildes del pueblo,

socorra a los hijos del pobre

y quebrante al explotador.              

Que dure tanto como el sol,

como la luna, de edad en edad;

que baje como lluvia sobre el césped,

como llovizna que empapa la tierra.

Que en sus días florezca la justicia

y la paz hasta que falte la luna;

que domine de mar a mar,

del Gran Río al confín de la tierra.

…    

Que haya trigo abundante en los campos,

y susurre en lo alto de los montes;

que den fruto como el Líbano,

y broten las espigas como hierba del campo.

Que su nombre sea eterno,              

y su fama dure como el sol;            

que él sea la bendición de todos los pueblos,

y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.

29. Comentando este Salmo, Juan Pablo II decía[33] que después de una viva y apasionada imploración del don de la justicia, el Salmo amplía el horizonte y contempla el reino mesiánico real en su desarrollo a través de dos coordinadas, las del tiempo y el espacio. Por un lado, de hecho, se exalta su duración en la historia. Las imágenes de carácter cósmico son vivas: se menciona el pasar de los días al ritmo del sol y de la luna, así como el de las estaciones con la lluvia y el nacimiento de las flores.

Y añadía que según una característica de los cánticos mesiánicos, toda la naturaleza queda involucrada en una transformación que ante todo es social: el trigo de la mies será tan abundante que se convertirá como en un mar de espigas cuyas olas llegan hasta las cumbres de los montes. Es el signo de la bendición divina que se difunde en plenitud sobre una tierra pacificada y serena. Es más, toda la humanidad, dejando caer y cancelando toda división, convergirá hacia este soberano de justicia, realizando de este modo la gran promesa hecha por el Señor a Abraham: que «lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra».

30. En otro sentido, el Salmo 76 se refiere a los antiguos portentos, consuelo de pueblo perseguido. Comienza con un recordatorio de que el inicio de la jornada no siempre es luminoso, por lo que ya al amanecer la oración se convierte en lamento. Pero hay motivos de esperanza[34]:

Te vio el mar, oh Dios

te vio el mar y tembló

las olas se estremecieron

las nubes descargaban sus aguas

retumbaban los nubarrones

tus saetas se dispararon

Rodaba el estruendo de tu trueno

los relámpagos deslumbraban el orbe

la tierra retembló estremecida

Tú te abriste camino por las aguas,

un vado por las aguas caudalosas,

y no quedaba rastro de tus huellas

…                                                                                        

31. Para sostener la esperanza y la fe, el salmista, en palabras de Juan Pablo II[35], hace uso de una clamorosa teofanía, en la que el Señor entra en escena en la historia, trastornando la naturaleza y en particular las aguas, símbolo del caos, del mal y del sufrimiento. Es muy bella la imagen de Dios caminando sobre las aguas, que es signo de su triunfo sobre las fuerzas del mal. Y el pensamiento se dirige a Cristo que camina sobre las aguas.

32. La manifestación de Dios como Rey del universo y Señor de la historia se pone de relieve en el Salmo 23[36], que en tres partes sucesivas se refiere a la verdad de la creación, al juicio que somete a las criaturas y a la venida de Dios. Solo no interesa la primera parte:

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,

el orbe y todos sus habitantes:

el la fundó sobre los mares

y la afianzó sobre los ríos.

 33. Se trata, según el comentario de Juan Pablo II[37], de una breve aclamación al creador, al cual pertenece la tierra incluidos sus habitantes. Es una especie de profesión de fe en el Señor del cosmos y de la historia. En la antigua visión del mundo la creación se concebía como una obra arquitectónica: Dios funda la tierra sobre los mares, símbolo de las aguas caóticas y destructoras, signo del límite de las criaturas, condicionadas por la nada y por el mal. La realidad creada está suspendida por este abismo, y es la obra creadora y providente de Dios la que la conserva en el ser y en la vida.

33. En el Salmo 134, como cántico de acción de gracias, se encuentran estos versículos que no pueden ser más descriptivos[38]:

El Señor todo lo que quiere lo hace:

en el cielo y en la tierra,                                                 

en los mares y en los océanos.

Hace subir las nubes desde el horizonte,

con los relámpagos desata la lluvia,

suelta los vientos de sus silos.

34. Benedicto XVI hizo una breve referencia a este Salmo[39] diciendo que la omnipotencia divina se manifiesta continuamente en todo el mundo. El Señor es quien produce las nubes, relámpagos y vientos, imaginados como encerrados en “silos”. Pero esta profesión de fe, celebra otro aspecto de la actividad divina, concluye el Papa. Se trata de la admirable intervención en la historia, en la que el Creador muestra el rostro de redentor de su pueblo y de soberano del mundo.

35. Finalmente, en los últimos Salmos, el 147 y el 148, que son de alabanza y gloria a Dios en el cielo y en la tierra, se contienen estos versículos:

“Él es el que cubre el cielo de nubes,

el que prepara la lluvia para la tierra,

el que hace que brote la hierba de los montes,

el que da al ganado su pasto,                  

y a los polluelos del cuervo que claman[40].

…..

Él envía sus órdenes a la tierra,

y su palabra corre velozmente.

Él da la nieve como lana             

y esparce como ceniza la escarcha.

Lanza su hielo como mendrugos,

y ante su frio se congelan las aguas.

Manda su palabra y las derrite.

hace soplar viento y manan aguas”[41].

 …

“Alabad a Yavé desde la tierra

los cetáceos y todos los abismos,

el fuego, el granizo, la nieve, la niebla,

el viento tempestuoso, que ejecuta sus mandatos;

los montes y todos los collados.

alaben el nombre de Yavé,

porque solo su nombre es sublime;

su magnificencia sobrepasa a los cielos y a la tierra”[42]

36. Comentando estos Salmo, Juan Pablo II dice que en ellos Dios se presenta, sobre todo, como Creador. Con su palabra irrumpen y se abren dos estaciones: por un lado, la orden del Señor hace que descienda el invierno sobre la tierra (representado por la nieve blanca como lana, por la escarcha como ceniza, por el granizo comparado a las migas de pan y por el frío que congela las aguas); y por otro, hace soplar el viento caliente que trae el verano y derrite el hielo, de manera que las aguas de lluvia pueden correr libres para regar la tierra y fecundarla. En efecto, dice el Papa, la Palabra de Dios está en el origen del frio y del calor, del ciclo de las estaciones y del fluir de la vida en la naturaleza; la humanidad es invitada a reconocer al creador y a darle gracias por el don fundamental del universo que la rodea, que la permite respirar, la alimenta y la sostiene[43].

37. En el Salmo de la alabanza a Yavé, el 148, la mirada se dirige al horizonte terrestre donde se desarrolla una procesión de cantores: los monstruos marinos y los abismos, símbolos del caos acuático en el que se funda la tierra, según la concepción cosmológica de los antiguos semitas. San Basilio observó que ni siquiera el abismo fue juzgado despreciable por el salmista, que lo acogió en el coro general de la creación completando armoniosamente el himno del Creador[44]. La procesión de cantores continúa con las criaturas de la atmósfera (rayos, granizo. Nieve, bruma, viento –mensajero de Dios-), con los montes y las sierras, con el reino vegetal y animal y, por último con el hombre (reyes, pueblos, príncipes, jueces, mancebos, doncellas, ancianos y niños) que preside la liturgia de la creación. San Agustín invitaba a alabar a Dios: “cuando tú observas esta criaturas  y disfrutas con ellas y te elevas al Artífice de todo, y de las cosas creadas, gracias a la inteligencia, contemplas sus atributos invisibles, entonces se eleva su confesión sobre la tierra y en el cielo…Si las criaturas son hermosas, ¡cuánto más hermoso será el Creador![45] 

38. En una homilía posterior[46], Juan Pablo II vuelve sobre el tema y señala que el Señor actúa con su palabra, no solo en la creación sino también en la historia. Se revela con el lenguaje de la naturaleza, pero se expresa de modo explícito a través de la Biblia y su comunicación personal en los profetas, y plenamente a través de su Hijo. Por eso, cada día debe subir al cielo nuestra alabanza: “es nuestra acción de gracias, que florece al despuntar la aurora, en la oración de Laudes, para bendecir al Señor de la vida y de la libertad, de la existencia y la fe, de la creación y de la redención”.

 


[1] George Weigel: “Temoin de l´esperance”. Ed JC Lattes. 1999.

[2] Ibídem pág. 1034.

[3] Homilía “La liturgia de las Vísperas” de 8.10.2003, aptdo. 1, parrf. segundo.

[4] Sacrosanctum Concilium, 89. Cita tomada de la nota anterior.

[5] San Agustín, Esposizioni sui Salmi, XXVL Roma 1971, p.1 09.Cita tomada ibidem

[6]  De oratione dominica, 35: PL 4,560. Cita tomada ibídem

[7]  Homilía de nota 3, aptado 5 y Evangelio de San Juan 8,12, cita tomada de este aptdo.

[8] En el tercer comentario de “Sermones varios”. Cita tomada de Homilía en nota 10.

[9] Cfr. Libro de Isaías 38, 9-20.

[10] Homilía “Angustias de un moribundo y alegría de la curación (Cántico de Ezequías, rey de Judá, cuando estuvo enfermo y sano su mal) de 27.3.2002. La cita de San Bernardo corresponde a “Scriptorium Claravalllense, Sermón III, nº 6, Milán 2000, pp. 59-60

[11]  Cfr. Versículos 1 a 6

[12]  Homilía de 12.5.2004, aptdo. 1

[13] Cfr. Versículo 6.

[14] En la Carta a los Efesios 2, 14, S. Pablo dice: “…pues Él es nuestra paz, que hizo de los dos pueblos uno, derribando el muro de separación, la enemistad…”

[15] Salmo 45. “Dios refugio y fortaleza de su pueblo” de 16.6.2004, aptado 5.

[16] “Comentarios a doce salmos”, (“Commento a codici Salmi”: Saemo, VII,  Milán-Roma 1980, pág. 213). Cita tomada ibídem.

[17] Homilía de 18.5.2005, aptdo. 3

[18] Cfr. Versículos 4 y 5.

[19] Comentario en la Sagrada Biblia de Nacar-Colunga, edición 1964, pág. 597

[20] Ángelus del 13 de julio de 1969, L´Obsservatore Romano, 29.7.1969, pág. 2. Cita tomada de la Homilía de Juan Pablo II de 26.6.2002

[21] Pensamientos, nº264. Cita tomada ibídem

[22] Apartado 12

[23] Véanse las homilías “Grandeza del Señor y libertad del hombre” de 26.6.2002; y “Majestad de Dios y libertad del hombre” de 24.11.2003

[24] Ibídem aptdo. 2

[25] Cfr. versículos 6 a 10.

[26]  V. homilías citadas en nota 20, aptados 3 y 2 respectivamente.

24 “Rebaños de ovejas y toros

       y hasta las bestias del campo,

      las aves del cielo, los peces del mar, 

      que trazan sendas por el mar”.

[28]  Libro de la Sabiduría 9, 2-3, cita tomada de Ibídem, aptdo. 4

[29]  Libro de Job 7, 17-18. Ibídem

[30] “Exposición del Evangelio de San Lucas”, IV, 41: SAEMO 12, págs. 330-333. Cita tomada de ibídem nota 20

[31] Tomado de G. Reale: “Historia del Pensamiento Filosófico y Científico” E. Herder. 1987, Tomo II, pág. 82

[32]  Cfr. Versículos  3 a 7, 16 y 17

[33]  Homilías de 15.12.2004 y 12.1.2005, aptdo. 3 de ambas

[34]  Cfr. Versículos 17 a 21

[35]  Cfr. Homilía de 13.3.2002, aptdo. 5

[36] Cfr. Versículos 1 y 2

[37]  Homilía de 20.6.2002, aptdo. 2

[38] Cfr. Versículos 6 y 7.

[39] Homilía de 28.9.2005, aptdo. 2

[40] Cfr. Versículos 8 y 9 del salmo 147

[41] Cfr. Versículos 15 a 18 ibídem

[42] Cfr. Versículos 7 a 9 y 13 del Salmo 148.

[43]  Homilía de 5.6.2002, aptdo. 3

[44]“Homilía in hexaemeron”, III, 9, cita tomada la homilía de 17.7.2002, aptado 2.

[45]  “Exposiciones sobre los Salmos”, IV, Roma 1977 págs. 887-889, cita tomada de ibídem aptdo 5

[46] Homilía de 3.9.2003, aptado 5