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Por Fernando Díez Moreno. Abogado del Estado y Dr. en Derecho.

Cuando en 1989 cayó el muro de Berlín y en 1992 se desintegró la Unión Soviética,
el comunismo desapareció del mundo, de todas partes… menos de tres: la Corea del
Norte de Kin Jong Un, la Cuba de los hermanos Castro y la Facultad de Ciencias
Políticas de la Universidad Complutense de Madrid, la Facultad de Podemos.

Pero transcurridos casi treinta años de aquellos acontecimientos, la afirmación
anterior se ha demostrado incorrecta. El comunismo no ha desaparecido sino que ha
mutado. Ha tomado nota de que los sistemas de democracia y de libertad proporcionan
a los ciudadanos un mayor nivel de vida y ha decidido integrarse en él. Y como son
maestros en la manipulación del lenguaje, ya no aspiran a la dictadura del proletariado
como paso previo a la conquista del Estado y a la desaparición de las clases sociales.
Ahora se han señalado otros objetivos dentro del sistema: la liberación y la igualdad.

Por liberación se entiende la total desvinculación de compromisos, tradiciones,
costumbres u obligaciones que vengan del pasado o de la historia. Por igualdad se
entiende, no la lucha contra las desigualdades injustas o discriminatorias, o la lucha
por la igualdad de oportunidades, especialmente en el campo de la enseñanza, sino la
lucha contra cualquier diferencia entre los hombres, venga de donde venga, y aunque
procedan del esfuerzo, del sacrificio, de la entrega o de las diferencias que impone la
naturaleza humana.

Nueva Izquierda

Ha surgido así una “nueva izquierda” (acertadamente calificada de “neopaganismo)
en la que se ven incluidos, como compañeros de viaje: comunistas y socialistas que no
han terminado de comprender ni aceptar que el “muro” ya ha caído; el feminismo
radical; algunas corrientes ecológicas; los antisistema; los partidarios de la ideología
de género; los defensores de las leyes LGTBI; entre otros.
Los objetivos de la nueva izquierda son: una revolución familiar, moral y sexual;
la permisividad en la educación (educación para la ciudadanía); la igualdad de sexos;
el hostigamiento a la familia (los llamados “nuevos modelos de familia”, las parejas de
hecho, los matrimonios gay, las “familias” monoparentales); el pacifismo (buenismo);
la ecología, entendida como ideología; el multiculturalismo (alianza de civilizaciones);
y otros similares.
Pero si hay algún elemento que sea común a todas estas corrientes y objetivos, es el
odio a la Iglesia Católica y a lo que representa y defiende. La “libertad de expresar” la
transforman en “libertad de odiar”.
Las consideraciones anteriores vienen a cuento de una exposición en Toledo, de la
que no pienso hacer ninguna publicidad, en la que con motivo de los casos de
pederastia dentro de la Iglesia, desarrollan una muestra repugnante de esa libertad de
odiar. Como resultaría inútil contradecir o impugnar un pensamiento totalitario,
prefiero exponer los criterios que debe tener en cuenta un ciudadano normal para
valorar, con sentido común, serenidad y razonablemente, este problema.

Criterios:

1º. No aceptar las informaciones de determinados medios de comunicación,
caracterizados por su hostilidad a la Iglesia, que magnifican los acontecimientos que se

refieren a la Iglesia, pero silencian las decisiones de los Tribunales cuando les son
desfavorables. Se vulnera nuestro derecho a recibir una información veraz y objetiva
que reconoce nuestra Constitución.
2º. La Iglesia Católica es santa, pero ello no quiere decir que lo sean sus miembros.
Estos son personas con las mismas virtudes, defectos o aberraciones que cualquiera. La
santidad es una aspiración permanente del cristianismo y a lo largo de la historia son
muchos miles los que la han conseguido, incluido el siglo XXI con sus mártires y
persecuciones. Pero junto a los santos están los demonios, porque, repito, son personas
como cualquiera de nosotros.
3º. El problema de la pederastia no se da solo en la Iglesia Católica. Se da también
en otros muchos ámbitos de la sociedad, tales como colegios, oficinas, lugares de
trabajo, deporte, etc. No por ello se descalifica en bloque a todos los profesores, pero si
se trata de la Iglesia, entonces, el odio, sí permite la descalificación global.
. Aunque la estadística no disminuya la gravedad del problema, gravísimo
problema, no puede desconocerse que el porcentaje de los religiosos a quienes afecta,
es ínfimo comparado con el número de quienes llevan una vida ejemplar, de sacrificio,
de heroísmo y de entrega al servicio de los más desfavorecidos.
Y 5º. El problema, gravísimo problema, ya se ha producido. No cabe vuelta atrás.
Ahora lo razonable es poner los medios para que no vuelva a producirse e indemnizar
los daños causados. Y en este punto la reacción de la Iglesia, con el Papa Francisco a
la cabeza ha sido ejemplar. Hasta ahora la política que se seguía era la de la opacidad,
la ocultación o el traslado. A partir de ahora la política que se sigue es la de la
trasparencia, la colaboración con la justicia, y a atención a los afectados.
Todos los católicos nos sentimos avergonzados con lo que ha ocurrido, pero
también nos sentimos esperanzados, siendo conscientes de que la naturaleza humana es
como es, y ninguno, y menos los que hacen del odio su norma de comportamiento,

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