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Crónica de una estancia en Silos, 9-11 julio de 2014.

cuadrada silos

Invitado por Fray Ramón Luccini desde septiembre del pasado año, me desplacé al Monasterio los días indicados para dar cuatro charlas a los Oblatos que, como una etapa más de su proceso de formación, se reúnen todos los años por estas fechas, aprovechando que el día 11 se conmemora a S. Benito, fundador de la Orden benedictina.

Salgo de Madrid a las cuatro de la tarde y llego al Monasterio a la seis. Son dos horas que pasan rápido. Hora y media a Aranda de Duero y media hora desde aquí al Monasterio, ya por carretera convencional que poco a poco se va adentrando en los paisajes tan conocidos, tierra roja, bosque de enebros y montañas de piedra cortada a pico. Se llega al desfiladero de la Yecla y atravesando el túnel escavado en la roca se divisa en antiguo cementerio municipal. Lo primero que se encuentra en el pueblo de Santo Domingo de Silos son las murallas del Monasterio que  dan a la huerta.

Me recibe el portero Fray Florentino a quien conozco desde hace más de cuarenta años, y llega inmediatamente el P. José Luís, hospedero, con quien me une un conocimiento de la misma antigüedad. Me instala en la celda 208 dedicada a santa Eulalia, desde donde diviso la huerta y que tiene un balcón que da a la izquierda del gran escudo de la fachada. La Hospedería está llena, en gran parte ocupada por los Oblatos. Me instalo y llevo el coche a aparcar a la huerta, pues no puede dejarse en la explanada ante la fachada que preside el árbol más alto de Silos, la impresionante secuoia. Será el primer contacto con la huerta.

A las siete de la tarde acudo a los oficios de Vísperas. En este momento te das cuenta de que ya estás en otro mundo. En una capilla lateral está el Santísimo. Cuando pisas el suelo de esta capilla se enciende una tenue luz sobre el Sagrario que tiene en su puerta la imagen de una resurrección gloriosa. Los monjes cantan los tres salmos completos del oficio del día, además del “magníficat” y el padre nuestro. Después en procesión atraviesan la Iglesia de este a oeste para rezar en la tumba de Santo Domingo de Silos, fundador del Monasterio. Son Vísperas solemnes porque el día siguiente es San Benito y ya comienzan a celebrarlo. Al terminar el rezo es la hora de saludar a los numerosos monjes que conozco y a Fray Ramón, con el que comento los pormenores de las charlas y montamos en la sala de conferencias el ordenador y el proyector para usar el power point. Camino del comedor para cenar atravieso el Claustro cuando todavía hay mucha luz, pero ya los pájaros se están acomodando en el ciprés para dormir.

Después de la cena asisto al oficio de Completas, también solemne, en el que junto a los Salmos se canta el “sálvanos Señor despiertos…” de hondo recuerdo en el rezo familiar antes de dormir. Por unos momentos la Iglesia se queda a oscuras y solo un foco ilumina al Cristo de madera, única imagen del retablo. El P. Moisés, prior del Monasterio, y uno de los “históricos” para mí, termina bendiciendo con agua a la comunidad y a los asistentes.

Al día siguiente día 10 me despierta el timbre que llama a Maitines, pero no lo atiendo. Sí lo hago el que llama a Laudes para las 7,30. Es un privilegio poder despertar alabando a Dios con estos rezos. A las 8 desayunamos y a las 9 es la Misa. La liturgia que aplican los monjes es de la más cuidada que yo conozco. Son doce concelebrantes que combinan sus movimientos con los cantores, que entran y salen en procesión y que a la hora de la consagración rodean el altar cantando.

A las 10,30 comienzan mis charlas. Son 25 oblatos con un alto nivel de preparación, como comprobaría a lo largo del día con sus comentarios y preguntas. Me presenté a mí mismo por indicación de Fray Ramón y ¡oh sorpresa!… varios de ellos recibían mis cartas de humanismo. En la primera hora y media les hablé de una visión general del Concilio Vaticano II y de San Juan XXIII y les proyecté la entrevista que me hicieron en el Canal Diocesano sobre San Juan Pablo II. Después de un descanso les hablé del pensamiento filosófico de S. Juan Pablo II y del humanismo cristiano, como lección previa a analizar la Constitución “Gaudium et Spes”.

A las 13,45 asistimos al oficio de “Sexta” y comemos a continuación. Me da tiempo a reposar durante una hora lo que le viene muy bien a mi voz.

A las 16,30 reanudamos la sesión y durante una hora les explico con la ayuda del power point, como también en las charlas anteriores, aquella Constitución, que es la Carta Magna del humanismo cristiano, terminado lo cual se colocan las sillas en círculo y comenzamos un coloquio de una hora hasta las 19 horas. Como es jueves y víspera de San Benito el oficio de Víspera no comienza hasta las 20 horas, por lo que me da tiempo a caminar casi una hora por la carretera de Salas de los Infantes. He terminado cansado pero muy contento porque a todos les ha gustado mucho y me lo hicieron saber en público y cuantas veces me encontraba con cualquiera de los oyentes.

El de Salas es un camino entre acantilados horadados por el tiempo y por el agua del gran río que debió discurrir por allí en años muy remotos. La altura es impresionante y por el valle, convertido en cañón, quedaba un pequeño arroyo que ahora ya no tiene agua. Conozco cada recodo del camino y cada uno de ellos me trae recuerdos de otras ocasiones. En especial me detengo en el K. 11 pues en la roca hay una lápida que recuerda que en 1945, murió en accidente cuando venía de cumplir sus deberes pastorales, un monje del Monasterio llamado David Arnáiz. Siempre me pregunto cuántos millones de años fueron precisos para que el agua fuera horadando la roca hasta formar un valle de tal profundidad y altura.

Los oficios de Vísperas y Completas se celebran con la misma solemnidad que ayer. Vuelvo a pasear por el Claustro en las horas finales del día. Su proporción, equilibrio, serenidad, silencio y soledad no es posible encontrarlos en otra parte.

El día 11 viernes, es San Benito. Se nota en todos los cánticos de Vísperas en los que se ensalza su figura y sus virtudes. Los llevan cantando solo 1.500 años. La Misa es a las 11 horas por lo que me da tiempo a dar mi paseo por el mismo recorrido de ayer. Si todos los días la Misa reviste una especial solemnidad la de este es más excepcional aún. Han venido sacerdotes de diferentes lugares son más de veinticinco concelebrado. Los Salmos y los cánticos durante la Misa siguen haciendo alusión a las virtudes de San Benito. Los movimientos por el presbiterio son lentos y solemnes. Todo es orden. Cada uno, sea celebrante o auxiliar, sabe lo que tiene que hacer y donde colocarse. El P. Mariano, histórico como yo, y con otros dos hermanos en el Monasterio, hace la homilía, con mucha mención histórica de la Orden y de la Iglesia. El templo está lleno.

Paseo por la huerta hasta la hora de comer. En especial me detengo en un rincón con una mesa de piedra muy larga que en su tiempo me sirvió de apoyo cuando redactaba la tesis doctoral. El lugar está rodeado de un seto y en medio un pequeño estanque. Los árboles son sauces muy frondosos. Lo más curioso son dos columnas de mármol rojo con capiteles corintios que han debido ser trasladadas de cualquier reforma en el Monasterio. En la huerta solo hay ciruelas, todavía duras y cebollas por lo que no puedo hacer provisión de tomates como en otras ocasiones.

La comida es también especial porque todos quienes estamos en la Hospedería pasamos al refectorio con los monjes. Mientras esperamos su llegada hablo con mi compañero de mesa, un sacerdote de una Parroquia gallega en la Costa de la Muerte. Le digo que la conozco de mis peregrinaciones a Santiago. La comida es en silencio. Un lector nos lee capítulos de la vida de San Benito, escrita por San Gregorio Magno y que hace referencia a diferentes milagros del santo.

Luego fuera del refectorio en la galería nos invitan a café, o su auténtica manzanilla, de la que bebo dos tazas, y su especial “benedictine”, que no pruebo pues aprovecho para despedirme. Fray Ramón no ha podido pagarme nada por las charlas, ni yo lo habría aceptado, pero me invitan a la estancia en la Hospedería, no obstante lo cual le dejo un donativo.

Y vuelta a Madrid…

 

 

F.D.M.