Cartas sobre humanismo y política

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24ª Carta: Humanismo y racionalismo.

Querido amigo:

En la línea de la carta anterior, en la que te prevenía de la flojedad o de la falta de esfuerzo, en esta quiero prevenirte de una corriente reduccionista que limita al hombre al mero uso de la razón. Entiéndeme bien, no te prevengo contra el uso de la razón, sino contra quienes quieren limitar al ser humano a su uso exclusivo.

El racionalismo es a la razón lo que el historicismo es a la historia. En definitiva, la exaltación de las realidades por encima del valor que tales realidades tienen. Con ello no quiero que pienses que menosprecio la razón. Al contrario, he aprendido de Juan Pablo II (que por ser el Papa de la Iglesia Católica, debería poner la fe por delante de la razón), que la razón nos permite llegar a conocer la existencia de Dios, pero que necesitamos de la fe para conocer sus potencias creadoras y redentoras[i].

Lo que quiero decirte es que el hombre no se reduce solo a razón, sino que en su propia personalidad tiene sentimientos y afectos, emociones y depresiones, voluntad de hacer o de renunciar. Dicho de otra manera, el hombre es capaz de hacer lo irracional, sin que ello signifique una valoración peyorativa.

Es cierto que la explotación de los sentimientos no racionales, cuando se hace con demagogia, puede llevar a los totalitarismos y a las dictaduras. Ejemplos sobrados de ello tenemos en la historia más reciente. Pero también lo es, que es igualmente rechazable un racionalismo que lleve a la frialdad, a la imperturbabilidad, a la indiferencia o a la frigidez.

El humanismo considera como propio de la condición humana que el hombre -y los pueblos- se emocionen, se alegren, lloren, rían, se exalten con moderación, porque, en definitiva, es lo propio de las naturalezas normales, corrientes, esto es, bien formadas.

El racionalismo frio, ajeno a toda emoción, niega la trascendencia de la persona, excluye el sentimiento profundo de la amistad, ignora la esperanza como virtud social, enfría la vida comunitaria, y, por ejemplo, considera la economía como el contenido exclusivo de la historia. Por eso el humanismo, como humanismo integral, considera al hombre en su conjunto, con su razón y con su fe y con sus sentimientos. La sola razón termina por generar excesos.

Y ahora, querido amigo, te proyecto estas ideas sobre la política.

Desconfía del político que no es capaz de emocionarse sinceramente, o que es incapaz de emocionar, alguna vez, a quienes le escuchan. E igualmente desconfía de quienes utilizan y aprovechan la emoción para manipular sentimientos y lograr arteramente otros objetivos.

Te digo por experiencia propia, que uno de los pocos momentos de plenitud íntima que encuentras en la política es cuando te emocionas al ver izar tu bandera en “tierra extraña” escuchando el himno nacional, o al ver el dolor de las personas cuando  entregas a las familias los restos de los que han caído sirviendo a España.

La razón en política es necesaria. Si. Pero también los sentimientos.

Recibe un cordial abrazo de



[i] No se trata de un pensamiento original de Juan Pablo II, sino que sigue la tradición constante de los Padres de la Iglesia, y que ya había sido expresada por un filósofo árabe-español, IBN HAZM (V. J.L. Abellán: “Historia crítica del pensamiento español”. Ed. Espasa-Calpe, 1988, Tomo I, pag. 183).

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro