Humanismo cristiano y organización política (I)

Examinado en el artículo anterior la organización social de la comunidad, corresponde ahora examinar la primera parte de la organización política desde el punto de vista del humanismo.

  1. El primer elemento de la organización política es la patria (término que irrita mucho a los “progres”) o la nación. Es el sano amor a tu patria, a tu país, a pesar de sus defectos. La patria es esa gran sociedad, a la que pertenece el hombre en base a particulares vínculos culturales e históricos. Es la gran encarnación histórica y social del trabajo de todas las generaciones. La idea de nación se liga también a la idea de cultura. Toda la actividad humana tiene lugar dentro de una cultura y tiene una recíproca relación con ella.
  2. El segundo elemento es el Estado. Sus rasgos más importantes para el humanismo son:

– que el poder supremo que detenta el Estado (la soberanía) reside en el conjunto de los ciudadanos, que son sus titulares.

– que el ejercicio de este poder supremo, en sus diversas manifestaciones (legislativo, ejecutivo y judicial) lo ostenta el Estado mediante organizaciones independientes.

– que los ciudadanos participan en la elección de sus representantes que formarán el Parlamento, y de cuyas mayorías saldrá el Gobierno.

– que se excluye, en todo caso, que un mismo grupo político pueda detentar el poder de manera indefinida (alternancia).

– que el ejercicio del poder no se concibe sin la autoridad para imponer las decisiones, lo que implica el monopolio de la coacción que ello requiera.

– que el Estado debe de estar en todo momento al servicio del progreso de los ciudadanos, su fin es la consecución del bien común, y no puede absorber aquellas funciones que son propias de las personas o de la sociedad civil.

– que la economía y los sistemas económicos deben de estar al servicio del hombre, del ciudadano en su conjunto y no al servicio de determinados intereses de grupo (grupos económicos, sindicatos, partidos políticos, medios de comunicación, etc).

– que se debe aceptar sin complejos ni restricciones mentales la propiedad privada, rechazando tanto el colectivismo como el capitalismo liberal y salvaje, si bien subordina su uso al destino universal de los bienes (que S. Juan Pablo II llama “hipoteca social”).

– que el trabajo es la actividad esencial y definidora del hombre, reconociendo su prioridad sobre el capital y superando la antinomia trabajo/capital.

– y que debe sostenerse que el sistema de economía de mercado o libre empresa se ha mostrado históricamente como superior al sistema socialista de economía centralizada y planificada, porque ha sido capaz de lograr un mayor desarrollo y bienestar de los ciudadanos.

El humanismo cristiano es crítico con los totalitarismos; defiende el Estado de Derecho y la libertad; y defiende los derechos humanos.

En el próximo artículo continuaremos con la organización política de la comunidad.

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