Examinado en el artículo anterior la organización social de la comunidad, corresponde ahora examinar la primera parte de la organización política desde el punto de vista del humanismo.
- El primer elemento de la organización política es la patria (término que irrita mucho a los “progres”) o la nación. Es el sano amor a tu patria, a tu país, a pesar de sus defectos. La patria es esa gran sociedad, a la que pertenece el hombre en base a particulares vínculos culturales e históricos. Es la gran encarnación histórica y social del trabajo de todas las generaciones. La idea de nación se liga también a la idea de cultura. Toda la actividad humana tiene lugar dentro de una cultura y tiene una recíproca relación con ella.
- El segundo elemento es el Estado. Sus rasgos más importantes para el humanismo son:
– que el poder supremo que detenta el Estado (la soberanía) reside en el conjunto de los ciudadanos, que son sus titulares.
– que el ejercicio de este poder supremo, en sus diversas manifestaciones (legislativo, ejecutivo y judicial) lo ostenta el Estado mediante organizaciones independientes.
– que los ciudadanos participan en la elección de sus representantes que formarán el Parlamento, y de cuyas mayorías saldrá el Gobierno.
– que se excluye, en todo caso, que un mismo grupo político pueda detentar el poder de manera indefinida (alternancia).
– que el ejercicio del poder no se concibe sin la autoridad para imponer las decisiones, lo que implica el monopolio de la coacción que ello requiera.
– que el Estado debe de estar en todo momento al servicio del progreso de los ciudadanos, su fin es la consecución del bien común, y no puede absorber aquellas funciones que son propias de las personas o de la sociedad civil.
– que la economía y los sistemas económicos deben de estar al servicio del hombre, del ciudadano en su conjunto y no al servicio de determinados intereses de grupo (grupos económicos, sindicatos, partidos políticos, medios de comunicación, etc).
– que se debe aceptar sin complejos ni restricciones mentales la propiedad privada, rechazando tanto el colectivismo como el capitalismo liberal y salvaje, si bien subordina su uso al destino universal de los bienes (que S. Juan Pablo II llama “hipoteca social”).
– que el trabajo es la actividad esencial y definidora del hombre, reconociendo su prioridad sobre el capital y superando la antinomia trabajo/capital.
– y que debe sostenerse que el sistema de economía de mercado o libre empresa se ha mostrado históricamente como superior al sistema socialista de economía centralizada y planificada, porque ha sido capaz de lograr un mayor desarrollo y bienestar de los ciudadanos.
El humanismo cristiano es crítico con los totalitarismos; defiende el Estado de Derecho y la libertad; y defiende los derechos humanos.
En el próximo artículo continuaremos con la organización política de la comunidad.