La austeridad del gobernante. El caso de Ángela Merkel. Política y humanismo.

En colaboraciones anteriores (véase la 17 y la 24), hemos hablado de la condición y de las virtudes del gobernante para el humanismo cristiano. Hoy vamos a referirnos a la austeridad que debe acompañar a quien ostenta un cargo público, que es retribuido con el dinero de todos los ciudadanos y que utiliza medios personales y materiales que no le pertenecen.

Y lo más pedagógico es que pongamos un ejemplo de gobernante, conocido por todos, aunque casi nadie conozca su austeridad. Se trata de Ángel Merkel, Primer Ministro o Canciller de Alemania.

Nacida en la antigua Alemania del Este, se incorporó al partido demo-cristiano de Helmut Koll cuando se produjo la reunificación de las dos Alemanias. Y a decir verdad, Helmut no la tenía en gran aprecio. Pero los alemanes la eligieron para dirigirlos en el año 2002, y ella dirigió a 80 millones de alemanes durante 18 años con competencia, habilidad, dedicación y austeridad.

Gracias a Merkel superamos la crisis financiera de 2009, lo que le costó no poca impopularidad en los países de la Unión Europea, por su postura firme en oponerse al derroche presupuestario de algunos Estados miembros. Podría decirse de ella que, después de Margaret Thatcher fue la “segunda dama de hierro”.

  Durante su mandato no nombró Ministro ni hizo favores a ninguno de sus familiares, allegados o amigos. No se vanaglorió de los logros conseguidos. No atacó a quienes la habían precedido en el cargo. No dependía de su imagen, ni hacía política “marketing” o de propaganda vacía. No aparecía en las calles de Berlín para hacerse fotos.

Cuando su partido político eligió a su sucesor hace unas semanas, la reacción de los alemanes fue inédita: cientos de miles de ciudadanos salieron a los balcones de las casas y la aplaudió espontáneamente durante 6 minutos continuos.

Ángela Merkel, de profesión físico-química, no se dejó tentar por la moda o las luces y no compró bienes inmuebles, ni vehículos de lujo, ni yates, ni aviones privados, porque no olvidó que procedía de la ex Alemania Oriental.

En una rueda de prensa, una periodista impertinente le preguntó: “vemos que su traje se repite, ¿es que no tiene otro?” Y ella respondió: “soy una empleada del gobierno y no una modelo”. En otra rueda de prensa le preguntaron: “¿Tiene empleadas domésticas que limpian la casa, preparan comidas, etc.?”. Su respuesta fue: “No, no tengo trabajadoras y no las necesito. Mi esposo y yo hacemos este trabajo en casa todos los días”. Luego otro periodista preguntó: “¿Quién lava la ropa, usted o su marido?”. Su respuesta fue: “yo arreglo la ropa, y mi marido es el que opera la lavadora, y suele ser de noche, porque la electricidad es más barata, y lo más importante es tener en cuenta no molestar a los vecinos, la pared que separa nuestro apartamento de los vecinos es gruesa”. Y añadió “la verdad es que esperaba que me preguntaran sobre los éxitos y fracasos en nuestro trabajo en el gobierno”.

La Sra. Merkel vive en un apartamento normal como cualquier otro ciudadano. Es el apartamento en el que vivía antes de ser   elegida Primera Ministra y no lo dejó y no era propietaria de un chalet, con piscinas, jardines y sirvientes.

O sea, dicho de otra manera, igualito que Pedro Sánchez.

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