Cartas sobre humanismo y política

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70ª Carta: Humanismo social y dimensión moral del trabajo (2).

Querido amigo[i]:

Quiero completar mi carta anterior con esta en la que te expongo la dimensión moral del trabajo, apenas esbozada en aquella. Para ello, el humanismo cristiano acude a la doctrina social de la Iglesia como la fuente más segura. El punto de partida es que el trabajo no tiene el sentido negativo de una maldición bíblica (“ganarás el pan con el sudor de tu frente”), sino un significado positivo de participación en la obra de la Creación (“dominad la tierra”) y en la obra de la Redención.

El documento básico del humanismo cristiano, la Constitución “Gaudium et Spes” declara que “una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo así la Tierra y cuanto en ella se contiene y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo”.

Pues bien, en la Encíclica social por excelencia, que ya te he citado otras veces, la “Laborem Excersens” se recoge este pasaje y se profundiza sobre la dimensión moral del trabajo, al considerar que la obra de la creación, según se revela en las Sagradas Escrituras “es un trabajo realizado por Dios durante los seis días, para descansar el séptimo”; y al reiterar que “en la palabra de la divina Revelación está inscrita muy profundamente esta verdad fundamental, que el hombre, creado a imagen de Dios, mediante su trabajo participa en la obra del Creador, y según la medida de sus propias posibilidades, en cierto sentido, continúa desarrollándola y la completa, avanzando cada vez más en el descubrimiento de los recursos y de los valores encerrados en todo lo creado”.

La descripción de la Creación que contiene el libro del Génesis es calificada por el Papa S. Juan Pablo II, autor de la Encíclica, como “el primer evangelio del trabajo”, y de ahí su dimensión moral, porque “demuestra, en efecto, en qué consiste su dignidad: enseña que el hombre, trabajando, debe imitar a Dios, su Creador, porque lleva consigo -él sólo- el elemento singular de la semejanza con Él. El hombre tiene que imitar a Dios tanto trabajando como descansando, dado que Dios mismo ha querido presentarle la propia obra creadora bajo la forma del trabajo y del reposo”.

 

Pero no sólo alcanza la dimensión moral del trabajo a la obra de la Creación, sino que lo más sorprendentemente deslumbrador, es que se aplica también a la participación en la Redención. Uno de los pasajes más escalofriantes de la Encíclica “Laborem Excersens” es el que declara que “el sudor y la fatiga, que el trabajo necesariamente lleva en la condición actual de la humanidad, ofrecen al cristiano y a cada hombre, que ha sido llamado a seguir a Cristo, la posibilidad de participar en el amor y en la obra que Cristo ha venido a realizar. Esta obra de salvación se ha realizado a través del sufrimiento y de la muerte de cruz. Soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la humanidad. Se muestra verdadero discípulo de Jesús, llevando, a su vez, la cruz de cada día en la actividad que ha sido llamado a realizar.

Recoge el Papa una vez más las enseñanzas de la Constitución “Gaudium et Spes”, que había declarado que Cristo “sufriendo la muerte por todos nosotros, pecadores, nos enseña con su ejemplo a llevar la cruz que la carne y el mundo echan sobre los hombros de los que buscan la paz y la justicia; pero, al mismo tiempo, constituido Señor por su Resurrección, Cristo, al que le ha sido dada toda potestad en el cielo y en la Tierra, obra ya por la virtud de su Espíritu en el corazón del hombre … purificando y robusteciendo también, con ese deseo, aquellos generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida y someter la Tierra a este fin»”.

En resumen, la dimensión moral del trabajo consiste en que el cristiano descubre en él, una pequeña parte de la cruz de Cristo y la acepta con el mismo espíritu de Redención, con el que Cristo ha aceptado su cruz por nosotros. Y estos dos aspectos de la dimensión moral del trabajo, el de participación en la Creación y el de participación en la Redención, tal vez te sorprendan, querido amigo, o tal vez los consideres alejados de la dura realidad cotidiana, pero tal dimensión existe, aunque sea desconocida, porque la perspectiva moral de las cosas es tan real como las cosas mismas.

En la próxima carta te hablaré de la dimensión moral del desarrollo.

Recibe un cordial abrazo de

 

 

[i] En el Manual de la “Nueva gramática de la lengua española” publicado por la Real Academia Española, (pag. 25, Madrid, 2010), se dice que en el lenguaje político, administrativo y periodístico se percibe una tendencia a construir series coordinadas constituidas por sustantivos de personas que manifiestan los dos géneros (amigos/amigas, diputados/diputadas, alumnos/alumnas), el circunloquio es innecesario puesto que el empleo del género no marcado (masculino) es suficientemente explícito para abarcar a los individuos de uno y otro sexo.

Fernando Díez Moreno

Vicepresidente de la Fundación Tomás Moro