Humanismo social y heroísmo (XI)

Humanismo social y heroísmo (XI).

Tal vez te parezca extraño, amable lector, que, entre las actitudes del humanismo social cristiano, que estoy comentando en estas colaboraciones, te mencione el heroísmo. Y tal vez te lo parezca porque la idea que se tiene del héroe es la de un ser excepcional que
ha tenido un comportamiento excepcional y en circunstancias también excepcionales. Pero esta idea no es correcta. Te asombraría comprobar los actos y las actitudes heroicas que se dan cotidianamente y en las circunstancias más ordinarias. Porque el heroísmo tiene una perspectiva moral que lleva a las personas a cumplir con su deber, más allá de lo que el deber exige, y es en ese 'más allá' donde el deber deja de serlo para convertirse en heroico.
Con frecuencia se atribuye en exclusiva la condición de héroe al que da su vida por una causa, ya sea voluntariamente, ya sea inevitablemente. Ocurre así con las víctimas del terrorismo, o con los miembros de las Fuerzas Armadas, que cumplen su juramento de dar «hasta la última gota de su sangre» si lo exige la misión de guerra o la misión de paz y seguridad en que se encuentren.
Pero tal condición exclusiva no es justa, porque igual condición heroica la tienen quienes viven o han soportado la amenaza terrorista,
o quienes arriesgan sus vidas en aquellas misiones, aunque no la pierdan. Lo mismo podía decirse de los Cuerpos de Seguridad que
velan por nuestra paz ciudadana.

Hay que mirar con mucho respeto a quienes han soportado aquellas amenazas, a quienes viven con el recuerdo de sus seres
queridos arrebatados por el terrorismo y a los profesionales que juran entregar su vida, que la arriesgan y que a veces el riesgo se hace
realidad y la entregan. En ambas situaciones, la de la vida civil o la de la vida militar, subyace la misma idea: el heroísmo, sin egolatría, dice razón del cumplimiento de los deberes que implican una cierta entrega a los demás, por encima de lo exigible como antes dijimos. En ese camino se recorren una serie de etapas, que no es otra cosa sino una vocación de servicio a los demás.
¡Qué pena no darnos cuenta de que vivimos rodeados de héroes!: las amas de casa, las madres de familias numerosas, las que
concilian su condición con el trabajo, el profesional que no tiene en cuenta las horas ni los horarios, los que nos proporcionan seguridad a cualquier hora del día o de la noche, los que cumplen sus obligaciones con alegría contagiosa, los que encuentran su vocación y se entregan a ella sin límite, los que no dejan de mejorar el trabajo que desarrollan, los que ponen pasión y ternura en lo que hacen, los que ponen su alma en ello, los que se niegan el descanso o el ocio para que lo tengan los demás, los que cuidan y se preocupan de hacer bien las cosas que hay que hacer, los que no se abandonan para evitar caer en el abandono, los que superan la tentación de un odio justificado, o los que pasan olímpicamente de la incomprensión o de la intolerancia.
Y la pregunta que te habrás hecho a estas alturas es ¿son héroes los políticos?
No lo son quienes van a la política para satisfacer su ego o su afán de protagonismo o popularidad; quienes van a la política porque no
saben hacer otra cosa y no tienen dónde ir; los que van a la política sin preparación; y los que van a la política a enriquecerse y a
corromperse.
Pero sí lo son los que van a la política con el objetivo de servir a la comunidad, de ayudar a resolver los problemas de los ciudadanos, de
colaborar con competencia y lealtad en la ejecución de un programa electoral; sí lo son los políticos que aportan su preparación profesional y su experiencia para abordar y conseguir los objetivos del bien común; y lo son los políticos que sacrifican su tiempo de
descanso y convivencia familiar, su patrimonio y, en ocasiones, su salud.
Tendrás que aprender, amable lector, a distinguir unos de otros.

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