La dignidad de la persona. V

La dignidad de la persona (5).

Continuamos nuestro recorrido por la historia del pensamiento, que iniciamos en la colaboración anterior, en busca de lo que sea la dignidad de la persona.

Para la tradición liberal angloamericana (Hobbes, Locke, Stuart Mill): la libertad es la capacidad de perseguir los deseos y las pasiones, al margen de las restricciones externas. La base de los derechos políticos para el contrato social es que los hombres son fundamentalmente iguales en su libertad natural.

Hegel asume el vínculo entre elección moral y dignidad humana. Los seres humanos son agentes morales libres, y esta agencia es el centro de explicación de la condición humana.

Para Marx y los economistas neoclásicos contemporáneos los cambios sociales son atribuibles, exclusivamente, a las condiciones materiales, donde se encuentra la dignidad de la persona.

Max Weber considera, por el contrario, que los cambios sociales tenían su origen en los cambios en la forma de pensar que daba primacía a las ideas.

Javier Gomá en su libro “Dignidad” (Galaxia Gutemberg. 2019) la define como una cualidad que posee todo hombre por el hecho de serlo y que ha sido adquirida sin mérito, y convierte al resto de la humanidad en deudora y al portador en acreedor al respeto de esa dignidad. Añade que la dignidad individual resiste, incluso, la tiranía de la mayoría y que si todos los hombres tienen la misma dignidad por el hecho de serlo, significa que solo hay una raza, la humanidad, y solo un principio, la dignidad. La dignidad es por esencia antipragmática, antimayoritaria y antiutilitaria. A la definición le falta cual sea el origen y el fundamento de dichas cualidades.

Theodor Haecker en su libro “¿Qué es el hombre?” escrito en 1933 (publicado por la Ed. Guadarrama en 1966) dice que la frase de que el hombre fue creado “ad imagen Dei” fue dicha al comienzo de la Humanidad y subsistirá hasta el fin de los tiempos. Toda verdadera filosofía, toda verdadera ciencia, viene a ser una confirmación de esta frase para los hombres sinceros, los hombres de sentido común y de buena voluntad.

El Papa San Juan Pablo II en la visita a Segovia el 4.11.1982, comentando el “Cántico Espiritual” de San Juan de la Cruz dijo que “el hombre solo adquiere totalmente su dignidad cuando experimenta en profundidad, como Juan de la Cruz, la gracia redentora y transformadora de Cristo. La verdadera libertad del hombre es la comunión con Dios”.

Finalmente, J.A. Walgrave  (“Cosmos, personne et societé”. París 1968) dice que “el hombre libre sabe lo que piensa, tiene  sólidas convicciones, sabe lo que quiere, permanece fiel a sí mismo. Emplea todas las fuerzas de que dispone para realizar el proyecto de su ser. No cambia de la noche a la mañana. La impresión que nos da es de fortaleza, de claridad, de precisión. Además no se pierde en la masa. No se deja llevar por las corrientes de la opinión pública. No se deja seducir por el prestigio. Es verdaderamente independiente, es alguien que obra por sí mismo, en posesión de sí mismo con toda su capacidad y su fuerza; alguien que tiene el dominio de sí y que sigue siendo lo que es, fiel a sus convicciones, a sus ideales, a su plan de vida, a pesar de sus diferentes estado de ánimo, de sus emociones transitorias, de sus impulsos naturales, sean cuales sean las reacciones de los demás, los cambios de la opinión pública o la evolución de las circunstancias. Está por encima de las fuerzas de la naturaleza en sí mismo, tiene las riendas en su mano, ve claro, domina la situación, se sirve de los medios y sabe dirigir. Se mantiene por encima del juego incierto del mundo. Es independiente, libre, concentrado en su propia fuerza. Es y sigue siendo el mismo”.

La dignidad de la persona no solo es tratada en la historia del pensamiento, sino que, además, ha pasado a los textos constitucionales, de lo que no ocuparemos en la próxima colaboración.

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